¿Qué hago yo aquí?
Descifrar con palabras el misterio de lo que realmente pienso me resulta embarazoso. Pero, sí, si me veo capaz de hacerlo, ¿quién dijo miedo? En mi caso y desde que me nacieron, las circunstancias me eligieron en la mayor parte de las ocasiones. Después de todo este tiempo que comprende mis edades, reconozco, por fin, que nací perdido. Aunque, según dicen; "La sabiduría del buen sentido madura a través de las vicisitudes de una vida no siempre fácil." Y aquí me tienes, la vida y la muerte, pensamiento y sentimiento, acción y padecimiento, entorno y cosas, deseos y destino, pasado y presente, el sentido de la vida y de las cosas. Sí, todo esto debería haberme hecho más sabio, lo entiendo, pero no lo comparto. El tiempo avanza sin nosotros. Y menos entiendo estos tiempos donde tanto se habla de coherencia mental, pero no se profundiza en nada.
Por mucho que conozcas y sepas, inesperadamente se presenta un azar y te pone la vida "patas arriba". Asumes las nuevas circunstancias, convives con ausencias y dolor no deseados, y el sentido de la vida ya es otro. No sé si más sabio, pero sí más prudente. A mi el futuro siempre se me presentó en forma de amor y sentimientos, lo único, aparte de lo epistemológico, que le ha dado verdadero sentido a mi vida.
De niño, veraneando en mi tierra natal, una familia vecina, amiga de la mía, me llevaron en coche a una visita matutina. Al llegar al lugar ( no diré qué lugar) me dijeron; "Quédate en el coche, volvemos en seguida." Me tuvieron esperando dos horas. Jamás se lo mencioné a mis padres, no quería estropearles las vacaciones. Tenía la tierna de doce años y reflexioné mucho sobre lo acontecido. Es obvio que nunca más volví a aceptar una invitación de aquella "familia".
Ciertas circunstancias sólo te permiten "El Viaje" pero nada más. No llegas a lugar alguno. Regresas al origen y además enfadado, "¡será posible que me haya pasado esto otra vez!" De ahí que a los, más o menos, veinticinco años apróxidamente perdiera mi capacidad de asombrarme.
"La clave; no intentar conducirte a ti mismo, sino conducir discretamente aquello que te conduce. Lo atisbas sólo con artes indirectas."
No intentes buscarle sentido en el mundo real, no lo tiene, no existe, a menos que tengas finura de espíritu.
Acércate, acércate más, par que te lo diga al oído, te lo tengo que decir; abriga bastante de lo que no fue, y mucho de lo que se perdió. Estas palabras pertenecen a mis silencios. ¿qué hago yo aquí? Pues he venido a decírtelo; " ya nunca moriremos, amor, a pesar del dolor, ya nunca moriremos." Yo puse en tu coraje mi esperanza, tienes la tierra ante tus pies, ¡avanza! Sí amor, de nuevo contigo, en este silencio, como un amor de nadie, y sólo yo me sé tuyo.
No te preocupes, amor, no podrán robarnos la imaginación singular, de la que tú y yo supimos depender y dependemos. Debe existir un pensamiento, a la altura de nuestro tiempo, que nos lleve al encuentro, debe existir. O, simplemente, nos remitimos a la próxima reencarnación, ¡Ay, amor!" Si las palabras ayudasen a volver a ocupar los lugares devastados...
Juan Antonio
P.D. Ya todo se ha cumplido.
Perdura sólo el rastro.
Hay ahora un sosiego
que se llama silencio.
Y dime
¿Qué hago yo aquí?


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