lunes, marzo 17, 2008

Soliloquio de mudos y sordos...

He llegado a pensar que algo mal debo hacer en el amor. Algo que hago, que digo, que pienso, que me expongo, que recibo, algo, no lo sé. Que me deja en un “entre-lugar” inquietante, y el sentimiento de culpabilidad reina en mi alma. Cómo pasar por el amor de puntillas, cómo entrar y salir de ese sentimiento que desde niño me abrasa. Ese milagro de amor, que aprendí hace tanto tiempo del que ya sólo me queda la huella. Saberte en el amor, saberte cuando inicias ese camino incierto, pero a ciertas edades, nada ni nadie te sabe consolar, todo depende de ti, de tu vida, tus experiencias y circunstancias. Y te resistes a abandonar.
Permito que se me exija lo que jamás estarán dispuestos a darme. Permito la tolerancia, el olvido, la educación, permito la intención de los sentimientos, a los buenos me refiero. Permito que me hablen como si fuera “otra amiga” en la cual confían. Permito incluso el tacto, permito que piensen que soy yo el amor de sus vidas. Lo permito todo menos a mí mismo.
No, no he venido a esta vida ni para juzgar ni para ser juzgado. Las cosas de la vida son así, pasan, se van, regresan, se acomodan en espacios permisibles a la razón o se olvidan, sin más. Soy como ese punto de apoyo que todos necesitan para mover sus mundos, algunos a punto de desmoronarse, otros perdidos, y otros, los que más, borrados de sus mentes, y viven en ese “otro mundo”, imaginado y creado por ellos mismos. El mundo a medida de la locura de amores perdidos. La transgresión obsesiva en los quehaceres del amor. Los enfermos de trascendencia amorosa. Los que a pesar de sus actos siempre salen ilesos de cualquier aventura amorosa, claro está. Tienen el libro de las excusas aprendido.
Dicen no guardar resentimiento alguno. Pero yo me pregunto ¿a qué? ¿a quién? Debe ser a ellos mismo, es obvio. Si por mucho que lo pienso no encuentro más que una salida para estas personas; que se olviden de sí mismos y que vivan el día a día sin pensar más allá de sus propias narices. Es la manera más suave de insertarlos en el mundo que nos gira. Es como si te dijeran que están por encima de todo, de todo lo que les pueda llegar; “yo ya estuve ahí”. Y lo que no saben es que hay que aceptar las derrotas con la máxima dignidad, pues, en el amor, como en tantas cosas o se pierde o se gana. Esa es precisamente la grandeza de la batalla amorosa. Pero se ama, es lo que importa, se ama.
De dónde les nacerá la necesidad de “otra imagen”, que nunca están de acuerdo con la que tienen ¿de dónde les nace? No saben penetrar en el silencio, sus silencios. Alejados de sus sombras, y lo peor es que no tienen a nadie que les diga cómo tienen que hacerlo. Y por reino la tristeza, la desolación, la insatisfacción, y el tiempo les pasa de prisa y no lo saben, no quieren saberlo. No existe hora alguna que sea suya, no la ven, no la distinguen, quiere seguir, andar, más allá, seguro que es más allá. Y ya no saben diseñar los recuerdos. Pero cómo recordarles que aprovechen la vida, cómo. Hundidos en sus errores, los errores de sus vísceras. Y no saben, no lo aprendieron, cancelar el soliloquio de sus desastres.
Yo les invito a entrar de nuevo en la vida..les aseguro que es completamente gratis.

Peatón

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