Olvidarlo sí, pero no callarlo, para aprender a olvidar…
Olvidarlo, callarlo, no hacer más mención de ello. Sin protestar, sin quejarse. Y que no sepa a “sufrir en silencio”. Asumir la tranquilidad como sustituto de la felicidad. Y es cierto, esto te puede llevar a la sensación de una amarga victoria, que encumbre una vital derrota. Pero decides hacer no importa qué, para convertirte en no importa quién. Y la única verdad es que es la piel la que recuerda, y se estremece. La mejor parte del valor es la discreción, te lo crees, intentas de nuevo la vida, ves pasar las cosas y caminas. Porque piensas que si esta vez intentas comprender el presente, puede que pierdas el futuro. Tus luchas, tus amores, tus eternos duelos internos. Y es que, a veces, el dolor es físico, como lo es la fatalidad.
No sé si existe algún destino para los amores contrariados, no lo sé. Pero sí sé que el mito del amor existirá siempre. Como sé que el destino de muchos hombres está en manos de una mujer. Pues el amor, bien entendido o no, es el revulsivo de la sociedad actual, por mucho que lo disimulen con otros nombres. Son muchos los que confunden realidad con ficción en cuestiones amorosas. Lo malo es carecer de realidad y vivir sólo de ficción. Ese personaje por ti mismo inventado, idealizado, que condensa toda tu realidad humana y que sin saber porqué le has dado una significación que engloba casi todo tu universo. Pero la vida no es un amor fracasado, no sólo consiste en eso.
Mi tiempo consiste en esas leyendas y cuentos que me contaron y me nutrieron en una infancia fantástica. Cabalgando sobre lo imaginario. Qué de aventuras, qué de sueños, qué de decepciones. Para más tarde creer que todo lo que concernía mi vida no era más un naufragio. Hasta que comprendí que el viaje era el destino. El libre albedrío no es más que un control sobre tus emociones, sobre tus días, sobre tus actos, un control lo más natural posible. Pues, y en mi caso, a pesar de que el destino me supiera un intruso, también el cielo sabe de mantener pillos. Si los pillos obran de corazón, claro está. A los pillos malos, los del otro bando, los tratan de otra manera.
Decía un sabio que todo está en la naturaleza, pero que la tenemos tan cerca que ni siquiera sabemos apreciarla. Y esa reflexión también es válida para el amor. Lo que tenemos cerca nos asusta, queremos eso otro, lo lejano, lo inalcanzable, lo difícil, lo inexplicable, lo que lleve a ninguna parte, en el fondo es lo que queremos, pues nuestro corazón no quiere saber nada más de amores fracasados. El inicio en todas las cosas, pues el inicio, el volver a empezar, saberte nuevo y delante de unas circunstancias nuevas, es lo más parecido a la infancia. Todo por hacer, todo por alcanzar, todo por lograr, aunque se muera en el intento. Nos negamos al envejecimiento por ósmosis, y casi nunca lo reconocemos, qué de inventos para evitar decir; “yo ya soy viejo”. Porque en definitiva no tememos a la muerte, pero sí al dolor y a no valernos por nosotros mismos. Llegar a viejo e integrarte en el pensamiento de la vejez debe tratarse de todo un arte.
Dejar de tener en la memoria lo que se tenía cuesta y mucho, pues los recuerdos a veces son espontáneos. Por eso insisto en que la solución no es olvidar, sino aprender a vivir con esa experiencia, para bien o para mal. Olvidarlo y no callarlo, digerirlo hasta la saciedad. Olvidar no es dejar de desear. El olvido ni empieza, ni acaba, el olvido siempre estará. Si realmente hubo algo que olvidar. Y es que el olvido, si lo quieres, lo tienes que conquistar. Aprender a olvidar y habitarte en los deseos. Por si alguna vez y de nuevo, tienes que aprender a olvidar.
Yo sólo soy un silencio de besos aún por dar, y siempre lo seré.
Peatón


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