Permíteme un discreto gesto...
Tal vez no podemos conocernos, pero, estoy seguro, que intentamos narrarnos a diario. Y con esa idea vivimos, dándonos falsos impulsos a través de historias nuevas. Ayer me sorprendí preguntándome; ¿queda lejos lo imposible? Me contestaron que siguiera el camino de lo bello, hasta dar con lo auténtico. Y que una vez allí preguntase de nuevo. Cuántas barreras más habré de eliminar, cuántos obstáculos. Estoy más que harto de encontrarme cara a cara con lo perdido. Nunca tuve miedo, miedo de qué, a qué…
A mí el pasado nunca me sirvió de experiencia. Yo soy de presentes enigmáticos, de abismos abiertos, de mañanas preñados de fe. Anegado siempre en la sinceridad de la imaginación. Yo soy de los que camina sobre el viento, la única manera de saber quién soy. Soy de aquí y de allá, sabiéndome ni de aquí ni de allá. Y es que a mí me gusta llevar mi país allí donde voy. “Soy lo que soy, y lo que seré”. Como también sé que no puedo ni quiero regresar a lugar alguno.
Incluso cuando sentí que la vida me abandonaba supe vivir. Porque me quedaban las palabras, que juegan conmigo, lo sé, que me enloquecen, que me aman, que me consuelan y me miman. Sólo la palabra me hizo ver que soy un discreto gesto de una sombra que ya no percibo. Entregado a cualquier acertijo que se me presente en los caminos. De qué me puede servir preguntarme ¿para qué, o porqué vivo? Yo vivo y punto. Pues quién te enseña a vivir sino la vida misma. “Cada cosa tiene su belleza pero no todos pueden verla”.
Y sólo opino sobre las impresiones obtenidas de mi universo vivido. Cómo voy a saber lo que pesan los recuerdos, lo que pesa el daño recibido, yo de esas cosas me olvido. De qué sirve perderse engañado en los reflejos. Pero sé mucho, y de esto no me olvido, de los amargos aromas de amores derramados. Como también sé que amé y me amaron. La luz, la vida, siempre vuelven, te lo digo yo que regreso de las noches más largas. Yo no percibo la vida bajo mis pies, yo la siento en mí. No huyo del tiempo sino hacia otro tiempo.
Recuerdo cada instante en los que me fui de la vida, olvidándome. Para regresar al siguiente instante, recordándome. Eran tiempos, los recuerdo bien, donde siempre llovía, y yo andaba sin paraguas. Y aprendí el amor en cada uno de los corazones que me amaron. Sujetándome a las palabras, las que ya existían y las que inventaba. Porque sé que cuando amé siempre estuve en mi tierra. Y ahora lo sé, la tierra no existe pero el amor sí.
Sólo soy ese gesto, reflejo de lo vivido, deseado o no, pero vivido hasta las últimas consecuencias. Es cierto, yo sé que amé.
Peatón


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