Cartas a una mujer
No sé si lo recuerdas, pero en uno de mis descuidos, uno de esos momentos en que el día aprieta y parece que aún no amaneciera, te hablé de mí. No sabía cómo decirte que el amor nunca muere en soledad. Y me dispersé en conceptos confusos, sobre las cosas, sobre momentos que de alguna manera u otra ya pasaron al olvido. Pero reconozco, mortal como todos, que a veces necesitamos decir. A medida que te fui diciendo comprendí que la historia que narraba, hablaba de un pasado extraño, de una persona que apenas si tenía que ver conmigo, pero que obviamente, una vez fui yo.
Creo haber aprendido que las verdades hay que decirlas con voz tranquila, y en esa ocasión, cuando te expliqué algunas de mis lágrimas, me exalté. Discúlpame, pero hacía tanto tiempo que no decía, que temí quedarme mudo, y aceleré el ritmo de las palabras, alzando la voz más de lo debido. Me dijiste que esas cosas se hablan en silencio, aunque estés mirando unos ojos que no son los tuyos, y llevas razón. Pero es tan bonito, tan reconfortante tener a quién decir.
Siento una fuerte empatía por la gente que ha sufrido atropellos, y al decírtelo me reconozco entre ellos. He aprendido a callar durante toda mi vida. El día que me dio por aclarar las cosas, supe que no había nacido para decir, sino para escuchar y narrar. Dejar pasar las cosas, dejar que las aguas sigan su cauce. Qué locura la mía querer vaciar un mar en un amor no correspondido. Pero como dice el refrán, agua pasada no mueve molino.
Estoy sosegado, tranquilo, esperando el momento oportuno para embarcarme de nuevo. Pero ya en ninguna historia. Desde ahora en adelante me quedo en los camerinos. Mi ciudad sigue igual, mis calles perviven a todos los tiempos y el reloj de la catedral sigue atrasando el tiempo. A veces camino de revés para recuperar el tiempo perdido, pero no sé, de verdad que no sé si lo consigo. Al menos he tomado conciencia del tiempo, de un tiempo, que aunque no sea el mío me sirve para seguir luchando. Pues como decía mi abuela materna, las de los ojos azules y pelo nieve; “quien no es agradecido es un mal nacido”.
Descubrí otros caminos, otras posibilidades, y no son las de siempre, son caras diferentes y se dicen “amigos”, pero sabes de mis desconfianzas, de lo que he sufrido, y ahora temo que de nuevo me engañe el destino. He rectificado mi conducta, y cuando camino siento un asomo de sombra que parece mía, tal vez haya regresado y me ilumine los caminos. Al final conseguirán que crea que el cielo existe. Que lo mágico siempre va conmigo.
No he dejado de soñar, ni he podido olvidar el verbo amar. Así que tendré que acostumbrarme a las ausencias y al olvido. Al menos me quedará la soledad y ese eterno silencio que siempre fue mío. Veo las cosas diferentes con los mismos ojos, y no sé si eso tiene sentido. Pero también creo que lo importante es ver, aprender a mirar, observar en ese abanico de percepciones que significa lo que vemos, lo que creemos ver, y cómo los demás nos ven. Siempre me ha gustado ver las cosas a cámara lenta, como si el tiempo se fuera ido y sólo quedara la impronta de aquellas huellas que fueron, pero que ya se han ido.
Espero que aquellas lágrimas no te sobresaltaran, ahora lo sé, fue en un descuido. Quién gobierna un corazón como el mío, no lo sé, la verdad es que ya tampoco quiero saberlo. En estos días, lo más importante, es llevarme bien con la vida, conmigo, con los demás, y ejercitar la coherencia que me caracteriza; educación, calma y paciencia. Pues quién, en alguna ocasión, no se sintió perdido. Y una lágrima dejó escapar…
Peatón
P.D. Todos los días están llenos de secretos e intimidades. Como también sé que he dejado de prometerme la luna.


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