¿A qué sabe la verdad, a qué huele?
Decía Burke que “Nadie comete mayor error que quien no hace nada porque piensa que sólo podría hacer muy poco.” Yo nunca supe dónde albergar tanto silencio. Y me moví en el lenguaje de las apariencias, del humor nunca concluido, en esos espacios que sabes que se dan porque siempre acaban en despedida. Mientras los demás andaban preocupados por las hipotecas, la familia, el trabajo, las responsabilidades, yo sólo me dediqué a pensar. Pensar que había algo en este mundo que no me parecía justo y que todos callábamos porque no era lícito hablar. Pero la “Biblioteca Rosa del Pensamiento” requiere también nutrirse de verdades. Y es cierto, una de mis mayores preocupaciones, a lo largo de mi vida, ha sido saber el olor y sabor de la verdad. ¿A qué olerá la verdad? ¿A qué sabrá?
Busqué la verdad en lo cotidiano, en la gente, por mis calles, en el amor, en el sufrimiento, en las ausencias, en la comunicación con los demás, en las discusiones acerca de ese hipotético “mundo mejor”. Consiguiendo una conclusión, las verdades de este mundo son “nacer” y “morir”. Pero aún y así, seguí indagando, la verdad en la realidad, en los hechos, en mis actos, en todo aquello que supusiera un horizonte nuevo que nos englobara a todos. Y entonces me supe; yo tengo memoria permanente del futuro. Me supe de paso nada más nacer. He llegado a pensar que me colé en la vida. Que mi tiempo debía ser otro, antes o después de este, pero es obvio que debía acomodarme. Y así lo hice. No, no creo ser un precursor de mi tiempo, pero sí un infiltrado en un mundo que no me reconoce como yo tampoco a él.
Madurar, según dicen, es ser responsable de tus actos. Lo que nos diferencia de la niñez. Sigo pensando que sí, que es bueno ser responsable, que es lógico y necesario, pero el que olvida su niñez, sus momentos de juegos, de ilusiones, los besos y abrazos de tus mayores, los días de asueto, el que olvide eso, es alguien que se dedica sólo a arrastrar su cuerpo. Madurar es también poner en su debido punto esa idea que siempre perseguiste. Lo que soñaste, lo que ideaste, lo que imaginaste. La idea verdadera de tu vida. La que, en algunos casos, jamás te dejaron madurar. Y aquí no hablo de esta teoría de los valores, no, de los resignados y sumisos yo siempre me aparto, no aportan más que recuerdos negativos. “Si no puede ser”, “es lo que hay”, “si me va bien a mí, el mundo es una maravilla, qué más puedo decir”, “la vida es una mierda”. “Si ya se sabe lo que hay, esto no hay quién lo cambie”. Etcétera.
Pero me resisto a la idea de la catástrofe. Y aunque sea por sobrevivir o por supervivencia propia, la gente sigue pensando en sus sueños, otra cosa es que lo cuenten, que se atrevan con la verdad de sus sentimientos. Con la verdad de su vida. Yo soy mi conducta en unas circunstancias adversas o no, con un camino que deja de ser si me detengo. Y la verdad no es otra cosa que tener conciencia de tu propia vida, de tu propia realidad, de la de los demás, en un intento continuado por mejorarla, en todos los aspectos. El “afán de lucro, tanto tienes, tanto vales”, es atmósfera de los resignados y ahí no me meto. Son tantas las cosas que me quedan por aprender, por saber, por disfrutar y vivir, que a veces intento alargar incluso el tiempo. A mí con un lápiz, un saca puntas, varios folios y una idea a desarrollar, ya me basta, y si eso lo puedo hacer en compañía de alguien que dice que me ama y por la cual yo siento lo mismo, qué más puedo pedir.
La verdad debe ser también eso que huele a sonrisas, a miradas sinceras, a la satisfacción de una buena compañía, de una buena tertulia compartida, a un buen guiso. A ese aprender los unos de los otros. No debemos callar nuestras verdades, no debemos dejar que nos callen con las necesidades superfluas. Decir nuestros gustos, contar el cansancio, vocear nuestras alegrías, compartir las desgracias y sufrimientos. Por estos caminos debe andar la verdad. La verdad no puede tener precio, es nuestra, de todos. Hablo de la verdad que nos lleva al entendimiento sin tener que renunciar, ni a ti, ni a nada. Tu verdad, la del otro, conjugadas en ese intento por lograr comprendernos mejor. “Si cerráis la puerta a todos los errores, incluso la verdad se quedará fuera.” (Tagore.)
Ayer, sin saber cómo ni porqué, pude mirarla a los ojos, y si he de decir la verdad, en ese momento, quise juntar mis labios con los suyos.
Peatón


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