Cuando la noche penetra en mis silencios...
Para reencontrarme sólo accedo a palabras sencillas. Imagino que intento alcanzar un sosiego antes de la tormenta. Me acecha la soledad. Pero ya no sé desde qué lugares escribo. Asirme a través de estos pensamientos a un espacio vacío ocupado, ese vacío del cual necesito emigrar. No, no son días, no, no son tiempos, ni tan siquiera un lugar. Sólo son situaciones que necesito aclarar. Conseguir separar lo que soy, lo que siempre fui, de todo lo demás. Un hombre de bien y seguir trabajando. No existen tiempos vacíos a menos que los acompañe la soledad. Después, y con la paciencia que me caracteriza, intentaré, de nuevo, alcanzar el olvido.
Atrás queda lo que viene y se va; recuerdos espontáneos. El presente como trampa, días y engaños, momentos quebrados de esperanzas, y en el futuro ni quiero pensar, ni hablar. ¡Qué cierto es! Pasa la vida no el tiempo. El tiempo siempre está. Mi memoria es una fotografía en blanco y negro donde los colores van tornándose colores sepia. Como si todos los personajes que la ocupan quisieran desaparecer. Aunque también pienso, todavía, que algún valle verde encontraré. Por muy pequeño que sea, donde leer y seguir escribiendo todo aquello que veo, todo aquello que siento.
Me relajé bastante en cuanto a las verdades de la vida. Me cuesta mucho reconocer dónde están los buenos, dónde se esconden los malos. Empiezo a no saberlo. Imagino que sí, que deben quedar algunos buenos. Como tampoco consigo olvidar que hoy en día sólo cuenta lo material. Yo que siempre navegué en esa nave llamada corazón, ahora me siento preso de los vientos de los sentimientos. Pero el cielo y yo nos hemos vuelto a reconciliar y de vez en cuando me envía algunos brotes de felicidad, y eso me sirve para seguir soñando. Aparentemente controlo las emociones, espero que nadie me rete, los miedos no, y son muy fuertes. Cualquier día se me antoja una vida entera.
Debo regresar a las selvas del conocimiento, tarde o temprano regresaré. Donde las alegrías constan en conocer y aprender, descubrir cada día algo nuevo. Ya no me fío de doblar las esquinas, me informo mucho antes. Pues las mentiras son capaces de esconderse en cualquier rendija. O todo o nada no es más que un cuento infantil que de tanto decirlo se desdibujó. Ya no apuesto a ningún número conocido, del cero al diez, no. Ya no apuesto por nadie ni por nada. Ahora sólo soy yo y algunos personajes demasiado sabidos. He llegado a pensar en emigrar a otras galaxias, al ver que la topografía de mi sensibilidad se podría confundir con un páramo. Sinceramente, no me llamo Noé ni quiero llamármelo.
Las madres suelen y deben poner los nombres a sus hijos, las madres son las que se anticipan, en sus entrañas, a la eternidad. Como ama una madre no ama ni te quiere nadie.
Acaba de aparecer. La noche. La hora donde todos se van pensando que llegan. Mis noches las ilumina una lámpara tímida y silenciosa. Con los pies y las manos fríos, cuando el alma se calienta. Divago por estos caminos con la verborrea que me es habitual, intentando alcanzar el sueño, intentando un poco de paz. Pronto se cerrarán los sonidos y mis silencios gritarán. No es cansancio, no es hastío, la noche cerrada y mi mente en paz, se trata de otra estación, de otro andén, que me saque de este horrible lugar. Pase o no pase el maldito tren que todos llamamos; “las cosas de la vida”.
Abandono los sentidos, el todo, la nada, voy a las orillas del siempre, más allá de las fronteras de mis cielos despejados. Pero no es cierto, me he vuelto a engañar, no son más que mis ojos azules, bañados por el mar, que se reflejan en esta eterna oscuridad, la noche que te engulle aún más en la soledad.La noche invade mis silencios.
Peatón.


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