Sin rumbo fijo...
Desubicado y silencioso, pensando de qué parte del mundo había de aislarme para vivir mejor, decidí escribirme una frase sincera: que si mueres sin vivir, repites examen. Y conseguí mi primera sonrisa del día. En la puerta del día, a punto de traspasarla y los pensamientos continuaban. El día se anunciaba como una playa de arena blanca. En el paisaje incierto del fin del mundo de un día más, de un día menos.
Di el primer paso, de manera íntima, soñando de nuevo el tiempo. Reflexionando sobre ¿cómo invitar a los demás a pensar? ¿cómo olvidarme y regresar a los balcones de la observación? Pero el día pesa en estos tiempos de recesión amorosa, donde la riqueza del temperamento ha desaparecido. Y donde la profusión ha sido sustituida por la confusión. Ahora impera la barbarie del sufrimiento sin alma y su impotencia. Esa masa de gente que se hace la vida imposible. Personajes sin misterio alguno, de doble identidad, que en su ambigüedad acaban por difuminarse en un ambiente de irrealidad y absurdo. Abandonados a sus locuras, ocultos tras sus infinitas mentiras. Sometidos todos a esa puta e infernal escala de valores que ha creado el consumismo.
¡Cómo me cuesta, a veces, reconocerme entre esa gente! Son los que te exilian a la sala de igualdad de oportunidades, donde una tímida luz aún anuncia el anhelo utópico de la solidaridad humana. Donde aún enseñan a solidarizarte con quienes tienen la capacidad para abrir y ensanchar caminos. Donde resiste la firme voluntad de sobrevivir por parte de los desposeídos de la tierra de promisión, los parias de la vida. Salas que mantienen aún sus puertas abiertas.
Cuando me supe deportado y que la cárcel era la Tierra sentí escalofríos. Y con la sombra del castigo sobre mí, me pregunté; “¿qué delito habré cometido?”. En este cautiverio no hallé respuesta alguna. Entonces, en un intento conformista, llegué a la conclusión, de que tarde o temprano, mi alma regresaría a su originario mundo. Que el secreto consiste en saber que todos regresamos, lo queramos o no, al punto de origen donde nos juzgarán de nuevo. Y claro está, donde nos aclaren el delito. Mientras tanto hemos de encontrar, o al menos intentarlo, que la celda se asemeje a la satisfacción que da el perdón, con relación al delito y castigo. Aquí sólo existe un carcelario; la conciencia misma. Sólo de mí depende que los barrotes de esta jaula llamada vida, sean mágicos, liberen y sosieguen, o que sean tan de hierro y oxidados que asfixien y agobien. Pues lo quieras o no, el camino lo has de andar. Lo curioso de todo esto, es la sensación extraña de saberme inocente. Pues mis únicas armas siempre fueron la palabra y el buen sentido del humor. El lado positivo de la vida. Es lo que tiene descubrir los secretos de la vida antes de vivirla.
Me atrevo a dar el segundo paso del día. La situación es distinta, como quien estrena ropa nueva. Descubro que mi historia pudiera encajar en cualquier ciclo de la historia misma. Todo lo leo, ahora, con único lenguaje; la pasión. Y me someto a la disciplina del inmaduro. El que salta sobre las islas del tiempo de puntillas. Intento sosegarme recordando el primer amor, ¡qué ímpetu! Me calmo en el recuerdo de la sutil armonía de los amores adultos. Ensayo una escapada mortal en un intento de recuperar lo inalcanzable, pero no consigo moverme. La pasión va tomando cuerpo y me hace vivir el amor que sólo existe en mi mente. Me siento atrapado.
Sin ser consciente doy el tercer paso. Eco de sensaciones que no sé de dónde llegan; Es verdad, si no lo sientes, el amor no sale, no traspasa. Sin rumbo fijo, en la estación de trenes que viajan hacia la nada, me cuelgo de la poesía. La poesía es resistencia en una casa deshabitada llamada corazón. La única realidad íntima capaz aún de sorprenderme. Mi verdad, mi vida y mi muerte.
Me gusta trasladarme al ejercicio y práctica de ese deporte; la poesía. Me permite abrazarme a la danza de los olvidos. Y a través de la observación van naciendo los detalles del día. Mis tres pilares, mis tres pasos, Y todo sin rumbo fijo. Gente que va, gente que viene de y a ninguna parte. Otras vidas, casi humanas, que despiertan aún más mi curiosidad. Es cierto, con este deporte yo me olvido. Para evitar la rutina de la vida.
Y ahora me voy, no me preguntes ¿adónde? Por cierto, si regresa el dolor, dile que me he ido, sin rumbo fijo, pero que me fui. ¡Ah! Se me olvidaba, el secreto no está en parte ni lugar alguno. El secreto somos nosotros, cada uno de nosotros. ¿Nos desvelamos juntos? ¿O nos guardamos para la eternidad?
Peatón


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