martes, junio 05, 2007

La fluidez entre el pasado y el presente ( I )

Observar es todo un arte…

Cuando era pequeño desarrollé un extraño sentido de la observación. El proceso de los “quehaceres”, de los gestos, de las historias. Lo que me llevó a una soledad relacionada con los hábitos y costumbres de los que me rodeaban. Por cierto, mi soledad nunca fue deseada. Yo necesito de la gente.
Ver a mi abuela en aquella diminuta cocina despellejando conejos, decapitando pollos y gallinas, y descuartizando peces, me hizo aprender el olor de la sangre. A medida que mi abuela progresaba en la preparación de esos platos, algunos decían que suculentos, los olores cambiaban. Y las formas de los fiambres, antes citados, se transformaban en bocados apetitosos. Pero, aún en la etapa de los olores, mi abuela cambiaba las expresiones de su carita.
Cuando iniciaba el ritual de la matanza, era una persona seria, casi severa. El paso del plato a la sartén le arrancaba un mohín que no me atrevo a llamar sonrisa. Pero, con el crujir, ruido milagroso, del aceite, a medida que iba tomando calor lo que cocinaba, le hacía abrir los ojos aún más, y mostrar sus dientes blancos. Era como si bailase, un pasito adelante, otro atrás, un movimiento de cadera, el brazo alzado, un giro a la derecha y aparecía un plato, donde iba depositando esos manjares.
Al comprobar su creación, ya acabada, era el preciso instante sin que nadie la viera, que sonreía en toda su plenitud. Cómo escondiendo un pensamiento feliz; “¡Esto está de rechupete!”. Para a continuación limpiar sus manos en el delantal, recuperar el aire serio, las formas, y ordenar; “¡Niños, a la mesa!” Nunca esperaba respuesta. Sabía que lo haríamos, el hambre motiva mucho.
Observar es todo un arte, sí señor. Como observar los gestos de mis hermanos, cuando mi madre, en un sábado lluvioso, nos reunía todos por la maña temprano, y se dedicaba a contarnos historias y sobre todo, qué seríamos cada uno de nosotros en un futuro.
Observar las caras de mis hermanos, esa expresión fija en las imágenes que iba creando mi madre era un espectáculo. Nos leía la película de la vida futura a cada uno de nosotros. Y se tomaba su tiempo. Temerosos y felices, inquietos y sosegados por el calor próximo de la madre, suspirábamos sin cesar. Y nos quejábamos; ¡Pero mamá que yo quería ser bombero!, ¡A callar! Nos respondía, tú serás abogado, etcétera. Mi madre lo contaba siempre todo con algo entres sus dedos, el pelo de alguno de mis hermanos, el dobladillo de las sábanas. Y la lluvia se detenía, quería también escuchar. Truenos y relámpagos nos hundían cada vez más en la cama y en el deleite de mi madre al vernos todos apiñados entre sus piernas.

Observar de tal manera me permitió aprender a escuchar. Y escuchar me dio el don de la comprensión para saber qué esconden las palabras. Qué hay detrás de las palabras. Oír lo que nunca se dice, la habilidad para contar la verdadera historia. Entender el pasado como fue. Pero ciertos relatos aportan más que simple información acerca del pasado, lo que la vida fluye en cualquier tiempo. Que no se trata del tiempo, pero sí de ese río llamado vida que nos ocupa a todos. Por ejemplo, a través de las palabras de mi abuela entendí la post guerra española. Y a través de las palabras de mis padres, que a veces, no te queda otra que callar.
Y eso me llevó a guardar el silencio de una historia que no quiero ni puedo olvidar; nuestra guerra civil. Recordar para no volver a cometer los mismos errores.

Peatón

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