La eternidad de ayer, la fugacidad de hoy..
Las salas de la vida…
En lugar que se me antojaba equivocado. En un lugar que aún no sé cómo llegué, en ese mismo lugar donde todo estaba por llegar, y que si no era así, siempre podría regresar a mi propia vida. Donde el tiempo desaparecía según los estados de ánimo, donde las puertas se abrían o cerraban, como cuando la mar abre y cierra sus puertas para desatar o engullirlo todo. El lugar de los espejos rotos.
La tensión entre el azar y la determinación o voluntad propia decoraba las paredes; “yo soy así”, “yo me he hecho así”, “a mí me han hecho así”. Planeando, eso sí, lo desfavorable y favorable de la proyección del destino en curso. Flotando, los diferentes componentes de todas la vidas, en la atmósfera de la eterna pregunta; “¿Conoce usted mi lugar?”. Aunque no todo el mundo llegara a la sinceridad de la sencillez de la pregunta.
Hablar de uno mismo es del género idiota, teorizar sobre uno mismo lo eleva al cubo. De la idiotez, claro está. Has que por fin te das cuenta que la vida sigue fuera. Esa parte extinguida que aún podría salvarnos. Volver la vista hacia esa presencia extraña que en otro tiempo vivía en nosotros y hoy, parece retirada, ajena. Pero a nadie le interesa oír una vida, sino explicarla. A nadie le interesa nada más allá de su nariz.
Lo quiera o no pertenezco a un sistema. Otra cosa muy distinta es la explosión de la conjunción que se da en mis interiores. Y si consigues dominar esas explosiones subes un peldaño en la atemporal escalera del universo. Escalera que va a ninguna parte. Lo que yo suelo diseñar como “implosiones cósmicas”.
No sé de ningún camino que no se haya iniciado en mi interior. Para bien o para mal. Y de mis entornos conocidos u otros, sólo puedo decir que siempre los contemplé como tierra a sembrar. Tierra a veces agradecida y otras no tanto. Pero sí puedo decir que a pesar de los lugares, a pesar del brote de los deseos, equivocados o no, siempre me ha quedado la oportunidad de seguir decorando los muros de mis pensamientos con la mayor de las generosidades y la mejor de las sonrisas. Como una invitación a una conmovedora amabilidad.
Las adversidades, como las olas de la vida, van y vienen, pero siempre te quedará la sonrisa o el rictus amargo de los que no supieron o no quisieron preguntar; “¿Es este mi lugar?”. Los que no escucharon la vida, los que no dialogaron, los que no debatieron. Los que nunca sabrán que se sobrevive más como misterio que como realidad. “Aún sin tragedia, el hombre vive para su salvación”.
Peatón
P.D. ¿En qué sala de tu propia vida te encuentras ahora?


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