Nos dejamos caer...
Nos dejamos caer, en ciertas ocasiones, en abismos, que se nos antojan paisajes cómodos. Desde unos momentos en los cuales, no teníamos otra cosa que hacer. La vida se nos había adelantado. Y esperábamos que ese otro tiempo al que pertenecemos, nos atrapase de nuevo. Que aquellos otros personajes, que realmente sí pertenecían a nuestra historia, regresasen. Y mientras tanto nos dejábamos caer. En lugares que poco a poco se iban convirtiendo en verdaderos laberintos.
Como existe la caída, existe el reencuentro después de la caída. Y nacen preguntas ¿qué hago aquí? ¿cuándo y cómo llegué? Y es cuando tomamos conciencia; hemos dejado una historia para introducirnos en otra. Y seguimos cayendo. En unas ocasiones intentando recuperar la historia perdida y en otras alejándonos de ella, tratando de olvidarla. Nuestra capacidad de reacción se dispersa, el corazón se encoge, los días se acortan, y un río de lágrimas silenciosas nos va transportando hacia esa esclusa, que supuestamente nos permitirá el acceso a la antesala de todas nuestras historias.
Qué poderosa coincidencia, o qué fuerzas del universo se reúnen, en ese preciso momento que acontece la caída. Durante un tiempo, en la antesala, abrimos los armarios de los lamentos. Como el que ha dejado “la maleta” en consigna y no recuerda la taquilla, abrimos los armarios, por muy pequeños que sean, dando lugar a todos los recuerdos. Y buscamos sosegadamente; “a mi esto no me ha podido ocurrir”, precipitadamente; “quiero salir de aquí, que me muestren la salida”, y buscamos con el corazón en la mano; “¿y si es lo que busco?”.
En una nebulosa que aparece de pronto, surge una voz, de procedencia desconocida. Que nos ubica, que nos permite el descanso y recapacitar. Que nos aleja de la mirada fija en el árbol, y nos devuelve el paisaje real del bosque. Nebulosa que nos convierte en una reflexión. Acabamos de descubrir que estamos solos. La locura del desconcierto, ni arriba, ni abajo, ni tiempo, ni espacio. Ni tan siquiera es una soledad soledosa. Atrapados por las ausencias, los hijos de la angustia, sin necesidades ni deseos.
Y vuelves a caer, ahora sí, en esa nube reflexiva. Pero esta vez, desde ningún lugar que recuerdes. Y tus labios murmuran; “estoy allá, voy allá, vengo de allá”. Aparece el respiro, esa gota de aire, el último asidero que te previene y avisa; que te has equivocado de sala, de estación, de tren y de hora. Y recuperas el regreso. Vuelves a sentir la presencia de tu espíritu, la totalidad de tu alma.
Vivir la vida no vivida. Vivir los deseos, recuperar los sentidos. Regresar a la lluvia de los afectos y permitir que afloren, que broten tus sentimientos. Regresar a nosotros mismos para dejar de caer.
Es otro día. Extraño. Raro. Único. Los cielos de las sonrisas se desplegaron. El tiempo recupera su ritmo. Tu sudor recupera el cuerpo. Tu corazón su alma. Abres los ojos. Has regresado. Te has ido de la caída, de la pesadilla de las ausencias. Y tu piel te reconforta.
Cuántas veces caíste para volver a levantarte. Cuántas veces te sentiste morir para renacer. Cuántas veces decidiste no volver a abandonarte.
Acércate, dame las manos, únelas a las mías. Vamos a volar por cielos de sueños sólo permitidos a los que saben ver con los ojos del corazón. ¡Ven! No más caídas…
Peatón


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