Un lugar muy especial...
“Ni en el llegar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente, desnudo, altísimo, temblando.”
Dónde sientes el amor, por qué te asombras cuando te impregnas de sensaciones en ese lugar. Aún lo recuerdo, aquel encuentro de no sé que día, éramos tú y yo. Veníamos de esos otros lugares donde murmuran el amor. Lo avisan, lo intentan, lo esbozan, y tú yo preguntándonos ¿Cómo llegamos aquí? Perdidos en los mares de nuestras miradas. Sujetos al timón de nuestras manos. El viento era caricia, rozándonos, estremeciéndonos, haciéndonos sentir la brisa marina. Recordándonos la eternidad de aquella nuestra única realidad; la nave éramos nosotros.
Qué de mares dibujamos, qué de islas. Y el tiempo nos mecía, nos hacía intemporales. Se fueron los momentos y nos entregó la eternidad. Éramos un beso, el que siempre quisimos y nunca nos dimos.
Sentí tu frío, sentí tu alma, sentí tu dolor, me bañaron tus lágrimas, las que asomaron despacio, en ese momento en que me sentí abandonado. Tú recordabas ¡Cuánto he amado! Y torpe de mí, sólo diseñaba versos incompletos. Pero me regalaste una de tus lágrimas y descubrí el sendero de tu vida. ¡Habías amado tanto! Y me sentí tuyo. Quise ser tuyo en cada uno de esos caminos que me dibujaste con tus manos. Manos que tanto filtraron dolor como amor. Sumergidas siempre en la esperanza. ¡Dios! Qué poder el de tus manos.
Nos alcanzaron las sombras de la futura noche. Y encendimos el fuego aproximándonos con la mirada al frente. Las salidas se cerraron, el momento no nos quería ver marchar. Pero nos fuimos al otro lado, por donde se cuelan los enamorados.
¡Arriba! ¡Arriba! Las estrellas se multiplicaban, más limpias que nunca, tú las habías lavado. Y giró el mar para vernos mejor. Como tu sombra seguí tus pasos. Para que me dijeras el sendero por donde no recordaba haber llegado. “Allá al final, y después a la derecha” y me enviaste, con tus manos, las huellas de tus besos.
Cuando desperté de este sueño yacía sobre un lecho, en casa y boca arriba, pensando; “esto es cierto o sólo lo he soñado”. Pero ya no me importaba saberlo, ¡Lo había experimentado!
En una calle muy empinada, me cedieron el paso. Íbamos los dos a nuestro encuentro. Y la cuesta no nos lo impedía. ¡Ay! Madre yo aún no sabía que ya la quería.
Peatón
P.D.” El alma tenía tan clara y abierta…”


<< Home