Al otro lado de la esperanza...
Aquella mañana, después ducharme observé que me encontraba delante de un espejo. Espejo que nunca había visto antes. Aquella imagen me observaba, como yo a ella. No entendía porqué no la reconocía. Sin embargo debía de tratarse de mí. Desnudo, sólo amparado por mi toalla, seguí delante de esa sorpresa. Inmovilizado, intuía que quería hablarme. Y lo hizo. El espejo habló.
Me recordó mi edad, la auténtica, el tiempo pasado, la situación real de mi vida, y me prevenía sobre el futuro incierto que se avecinaba. Extrañado ante tanta franqueza no aparté la mirada, seguí mirando aquellos ojos, aquella imagen que era la mía. Y hablé conmigo mismo.
Para combatir la mediocridad me inventé cuantas historias me fueron posibles. La noción de culpa y su confrontación halla más pie en una cultura en la que el examen de conciencia constituye un obligado ejercicio. Yo abracé el olvido. Para escapar de una culpa ancestral. En una crisis de autodestrucción que decidí afrontar a solas. Y entre la culpa y la fuerza corrosiva del olvido alcancé la nulidad de la vida.
Vivir en otra dimensión del tiempo, repleto de esfuerzos, sobresaltos, reveses y pérdidas. Cuando pisas el suelo de las incertidumbres, cómo abruman las exigencias. Redescubres que la vida va en serio, que el tiempo pasa a una velocidad que nunca hubieras imaginado. Y lo más importante es que nadie viene a recordártelo, lo descubres por ti mismo.
Al otro lado de la vida, buscando una salida, por muy pequeña que sea, aparece la gloria sin sus compromisos, los amores sin peligros y las desgracias sin su veneno. Y si brillas es sólo con la intención de borrarte. Sin apostar por nada ni por nadie, sólo te muestras en las ocasiones espontáneas en las que te requieren, y la verdad es que son muy pocas. Porque sabes que a pesar de que tienes la vida que tienes, lo que te define es lo que realmente te hubiera gustado ser. En este otro lado de la vida es donde aprendí a observar y sentir. El arte de observar. Es cierto, fue la época en que mis miedos infantiles fueron desapareciendo.
El sentimiento de inconformidad se va diluyendo en una nada que a su vez desaparece. Y todo es principio y final. Pero lo imposible existe. Y es lo que te permite recuperar el aliento vital, “nunca hay nunca en el amor” y menos en la vida. Y a medida que regresas a suelos más sólidos, se afianza el recuerdo de lo que una vez tanto anhelaste. Y es que el miedo, atajado por la oportunidad, viene a ser esperanza.
“La realidad nos es algo en lo que estamos, sino un entramado natural-social que producimos como resultado de nuestro existir. (T.G.) . Y así descubrí que hacía tiempo que había dejado de existir para convertirme en no sé “qué cosas”.
Sentí miedo al desprenderme de la toalla. No quería verme desnudo. Sentí la necesidad de ese abrazo que tanto se retrasaba, el abrazo amigo que te conforta, que te dice que no pasa nada, que sigas adelante. Que los miedos son libres. Que yo podía con eso y bastante más. Que mi gran aliada siempre había sido la paciencia, y que no debía abandonarla, sentí que me moría.
“No”, le dije al espejo, no soy yo, sólo son mis miedos. Y recordé que debía secarme, del agua de la ducha y del sudor de la desesperanza. Pero ya no recordaba los motivos del día. Tan sólo, que en la nave de la esperanza debía alejarme de esos miedos, de esa mirada en el espejo, que sólo me quería ( a mí ).
Mi vida siempre se ha regido por dos cosas fundamentales; soñar y amar. Y descubrir en el transcurso de las estaciones que la eternidad me apetece. Amando, claro está..
Peatón


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