Sentido común...
Ese otro sentimiento que te eleva sobre todos los demás. Que te permite olvidar los paisajes de la tristeza, los pasados borrascosos, las eternas preguntas sin respuestas, el bosque de las lamentaciones. Y es que aunque no lo sepas te has vuelto a enamorar. Y pisas una tierra nueva, apenas conquistada, de nuevo desembarcas en las orillas del amor.
Recuperas el sonido de tus pasos, dejas de inventarlos. Atrás las confusiones, ¡qué lejos! Cualquier otro relato que no sea, precisamente, esos nuevos ojos donde mueres y vives por mirarte. Tu vida recupera los colores del sentido. Dominas tu tiempo y tú escoges los momentos. Sintiendo que puedes salvar tu futuro con mayores oportunidades de cielo.
Siempre me he dicho que vale más un rato de felicidad que veinte de sufrimiento. Quién no tiene un viejo amor que recordar. Quién no ha sufrido por amor. Quién, a pesar de saberse feliz, no ha recordado otra piel, una vez nuestra, que nos hizo soñar el perfume ideal.
Mi lado positivo de las cosas, de la vida, se agita y me exige un enfado. Y lo tengo que decir. Cómo es posible que esperemos comprender nuestra propia vida según la de los demás. “Lo que a mí me pasa no le pasa a nadie”, “Esto sólo me pasa a mí”, “No aprenderé nunca”. Y lo malo de todo esto es que intentamos cobrarnos la deuda, de amor o desamor, en nuestra vida y entorno actual, o en la que acabamos de dejar. “Nunca debí casarme”, “Nunca debí dejar, ¿¡¡qué!!?”.
Por el amor de Dios, qué nos hace tan únicos, tan exclusivos, tan predispuestos, tan irresponsables a veces. Qué nos exige el sentido de eternidad.
Yo tengo, tatuados en mi corazón, dos poemas de amor que contienen el misterio y la verdad de la existencia; nacer y morir. Y como decía Groucho “Yo soy inmortal mientras no se demuestre lo contrario.” Qué bella poesía la del sentido común.
Yo reivindico que me dejen envejecer en paz. Que la moda no me atrape nunca. Que mis arrugas, testimonio del tiempo pasado, justifiquen siempre y después mi presente enamorado. Yo soy el que siempre ama. El incondicional del amor. Un eterno romántico. Y para mi gloria, eternamente niño y despistado.
Peatón
P.D. Leve anécdota de amor.
Viviendo en un apartamento, donde me cuidaba una señora de 74 años, observé en una de mis noches, en las que suelo conversar con las estrellas, esta escena de amor.
Desde el ático, vi como llegaba la señora Esperanza. En un coche muy lujoso, era tarde, y ya las sombras dominaban.
- Sra. Esperanza, la vi llegar, ¡qué coche más bonito!
- Sí, Juan. Se trata de un nuevo amigo, lo conocí en la sala de baile que sabes que frecuento. Pero no sé qué decirte, me lleva 10 años, en fin, ya veremos qué pasa.
Durante varias noches, la seguí viendo llegar, siempre en sábado. Hasta que una noche la vi llegar sola y en taxi.
-Sra. Esperanza, ¿cómo tan tarde?, ¿porqué sola? –le dije-
-Sí, Juan. Te lo dije. Cuando a un hombre no le das lo que te pide, ya sabes, al final se va con la primera que sí se lo da. No se puede una fiar de nadie.


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