Mujer y metáfora...
Metáfora y mujer y yo que sueño versos.
Todo ocurre cuando el oleaje de la memoria se agita, te inunda, y por unos instantes el olvido te penetra. Te dispones a recordar y no lo sabes. Porque para recordar has de pasar antes por el olvido. Qué quieto el silencio, qué rapidez la de las sombras, y temes que lo que venga te sorprenda, te devuelva a imágenes ya olvidadas en el archivo de las querencias. El amor ya no te sirve de ceguera, el amor es ahora más vidente que nunca. Y en ese momento llega la memoria y sus naves cargadas de recuerdos. Quieres volver al presente y no lo consigues, debes dejar que te traspase.
Y el silencio hace acto de presencia. Silencio de masas que me obliga a bajar y escuchar atentamente. En este silencio nunca se ausenta la palabra. Habla calladamente. En ese diálogo eterno con nosotros mismos. Es cierto, a veces, el silencio esgrime palabras mudas.
Adivino el olvido y lo rehúso, no quiero, no quiero olvidar. Quiero, eso sí, no recordar, pero nunca olvidar. Silencio ruidoso que mezcla y aturde mis palabras. No quiero ponerle nombre a esta sensación. Que seca la garganta. Que hace tangible los sonidos. Que hace que el futuro, siempre anhelado, sea pasado.
Pero yo quiero recordar el futuro, no sabría vivir sin hacerlo. Como sé que las mujeres no sueñan caballos, sueñan hombres imposibles. Tal vez y por eso los caballos se alejen de los hombres, porque no saben soñar. Para el hombre la mujer es el mito infantil del amor. Para la mujer el amor es el hombre imposible.
Y yo que me conformé con soñar versos, amada palabra mía. Mi más vital significado. La mujer es una metáfora. El átomo motor de mi vida. Qué inmenso universo; mujer y metáfora. Y yo intuyo que debo creer en mundos paralelos, mis deseos y los suyos. Nunca fui tan completo como cuando amanecí con la mujer. Los versos soñaban mitos imposibles y de sus labios nacían oraciones irisadas; las metáforas y yo.
La verdad se muestra, a la vista, llena de autenticidad. Me intuye, la intuyo. Nos asomamos y mutamos sin dejar de ser nosotros mismos. El universo se expande en dos direcciones, la suya y la mía, para que al final, siempre nos podamos volver a encontrar. La metáfora y yo. Mujer metáfora y sus noches encendidas. ¿Quién me dio este corazón de mujer?
La esencia de la demencia es eso, exceso. Como lo que yo siento, como lo que yo padezco…
Peatón


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