martes, junio 05, 2007

La fluidez entre el pasado y el presente (2)

Nadie me dijo nada...

Sentado sobre una de esas sillas andaluzas, las de la feria, pequeña, de colores chillones, madera y esparto. De esas sillas que decoran los tablados flamencos. Nadie supo nunca decirme cómo llegó esa silla a mi casa. Tenía delante un taburete alto, un vaso de cola-cao y montones de galletas. Y entre dos columnas de esas galletas, miraba fijamente a mi abuelo materno. Llevaba un traje marrón, como si fuera de “domingo”. Unos zapatos negros que jamás había visto antes. Reposaba con las manos cruzadas sobre su pecho, los ojos cerrados. Su cuerpo reposaba sobre una madera rectangular, color madera clara. Esperaba el ataúd, nadie me había dicho que falleció la noche anterior.
Intenté llamar su atención. Creí que dormía, eso sí, elegantemente. Comí de prisa, derramando un poco de cola-cao. Ni caso, no habría los ojos. Sorbí impetuosamente, sabía que le molestaba. Ni caso. Y poco a poco las columnas de galletas fueron desapareciendo. Y fue cuando observé que tenía los orificios nasales tapados con algodones blancos. El silencio se hizo presente. Me sabía solo y no llamé a nadie. Tampoco lo hubiera conseguido. A propósito derramé un poco más del líquido que ya se me hacía interminable. Ni caso. No se inmutaba. Al comprobar que no lograba mi objetivo; “¡despertarle!”, recordé una frase bíblica, una de esas que te enseñan cuando te preparan para la primera comunión. La pensé; ¡Levántate Lázaro! Y decidí intentarlo; “¡Levántate abuelo¡” Grité a pulmón abierto. Pero entonces me aterró la idea que lo hiciera, y salí volando hacia la puerta de la calle. Con tal mala suerte que tropecé con la silla., la cual a su vez, tropezó con el taburete. Y el vaso, aún con cola-cao y restos de galletas en su interior, salió disparado. Pero eso no fue lo peor. Todo fue a parar a las manos cruzadas de mi abuelo. Y allí se depositó. Fue lo último que vi. Corrí como un desesperado calle arriba. Corrí tanto que a mitad de camino vomité. Conseguí entonces mirar hacia atrás. No venía mi abuelo. Y me tranquilicé.
Pasó mucho tiempo antes que volviera a tomar cola-caco y galletas. Me conformé con la leche en polvo del Marshal. Y unas onzas de chocolate.
Unos años después, al recordar aquella escena, siempre pensé lo mismo. Muerto o no, le gustaba el cola-cao con galletas. Pasé noches sin dormir pensando en que podría volver y reclamarme porqué le había manchado su traje. Aprendí que el silencio de los muertos hay que respetarlos. Y más si te coge desayunando. Lo que nunca entendí es porqué a Jesús le funcionó la frase; ¡Levántate y anda¡ Y a mi no. Pero eso es otra historia.
Cuando florecen las inquietudes, algunas tristezas y se divisan agujeros negros en el vacío del día, suelo recordar esos instantes. Seguiré contando estas anécdotas por si a alguien le sirve. Para que la fluidez entre pasado y el presente nos ubique en lugares más alegres. Para que a través de aquellos con quienes hablamos, las diversas posibilidades de estar en el mundo nos sirvan para involucrarnos en la creación de un pasado servible y un futuro mejor.


Peatón

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