martes, noviembre 25, 2008

Sujeto al hilo de la despedida...

Que alguien me enseñe a pronunciar las palabras que no quiero pronunciar, que alguien me enseñe a salir de este silencio. Cómo decirle que me he de ir, cómo decirle, no que ya no la quiero, sino que no me puedo permitir este amor. Salir de las excusas banales, fáciles, salir y afrontar las verdades, “no, no tenemos futuro” he de ir a otro lugar donde sólo me espera la supervivencia, sobrevivir. Pero quién me enseñaría a borrar todo lo vivido hasta ahora, ¿quién? Aquellos días en que creímos que el amor era posible entre nosotros, que aún podíamos divisar un trocito de cielo.
Silencio, me voy, no existen palabras para el dolor, para el adiós, dejar que el viento pueda acunar el olvido, que se inventen mundos que jamás vendrán conmigo, no, no son míos, no los alcancé. Soy el que se va, el que no lo ha conseguido. El rey de las ausencias, que con los ojos cerrados, oye la melodía del mundo en un tiempo que jamás volverá. Y cómo irse con dignidad, con humildad, esperando que comprendan lo que decides, que no es ni más ni menos lo más coherente. El adiós, el olvido, el arqueólogo de los silencios. Los epitafios de la resignación orgullosa.
Dime tú amor mío, cómo te digo adiós, cómo irme de ti, sin daños, sin despedidas, y no, no quiero ser tu amigo, no, no quiero. Un hombre enamorado separado de su amor, no es más que un hombre que arrastra su cuerpo. ¡Dios! Cómo duele la fragilidad y fortaleza de la cobardía, y no quiero una puerta entreabierta, he de cerrar, cerrar esta maldita puerta que me amputará de tu vida, de la mía.
Amor mío, enséñame el adiós, el olvido, pues yo no puedo ya estar contigo.

Peatón

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