Un coloso en ese mar de confusión llamado paciencia...
En una extraña estación, sentado y mirando cómo pasa la gente, no sé qué hacer con mis manos, y no consigo detener mi mente. Ya no queda nada atrás, el tiempo de espera se me hace eterno. No sé si perdí el tren, no lo sé, espero, sólo eso, espero. Algunas despedidas fueron amargas, en otras sentí alivio, y en otras; esperanzas frustradas. Un pasado que no permite regreso alguno. Agujeros negros.
Cuando era niño me bebía las estaciones del año, olores, y en el primer día de cada una de ellas las presentía. Percibía ese cambio extraordinario llamado; el amor de la naturaleza. Un orden que me ubicaba en mis pocos años. Las costumbres, los deberes, la tradición, la familia unida, las primeras ausencias. Y yo aprendiendo a vivir.
Cuando era niño jamás imaginé que un día llegaría a ser grande. Mi niñez fue una leyenda de fábulas en cascada. Un mundo maravilloso donde los brazos de mis mayores y familiares que me querían formaron mi universo. Conseguí aprender a amar viendo cómo amaban los demás, interesándome por sus problemas, viviéndolos, involucrándome, intentando posibles soluciones.
Cuando era niño veía el mundo a través de los ojos de mis mayores. Pero, ya en esa tan tierna edad, me permitía aconsejarles. Me atraía todo, la música, los animales, las letras, lo nunca sospechado, el descubrimiento de mi cuerpo, los juegos, las niñas, y mi eterna playa, la que me vio crecer. “Calla niño, qué sabrás tú”. Y me sabía a gloria.
Cuando era niño los cuentos de los vecinos eran el hilo conductor de la historia. La de España, la universal, la mirada, la impronta de cada uno de ellos. Y yo solía escuchar. Aprendiendo que en la vida no todo es amor, pero sí son muchos los caminos que nos conducen a una cierta comprensión que no conformidad. Que la vida sigue, y sigue, y sigue.
Llegué a decir casi todas las palabras que jamás me pidieron. Llegué a inventar a diario un mundo nuevo. Para resistir, para sobrevivir. Llegué hasta aquí. Y te cuento estas cosas. Sin haber aprendido aún cómo son las despedidas. Son velos, disfraces y corazas, para no sentir que ya no vuelo, que ya no sufro, que ya no estoy. Para no decirme que sólo soy el viajero de mí mismo.
Dentro de nada, cuando las fuerzas regresen te diré esas otras palabras que jamás me pediste, pero que sí sembraste. Son cosillas sencillas, algunas también tiernas, son esas cosas que los enamorados de toda la vida utilizan para irse sin tener que despedirse. Un “hasta más ver” en susurros con sabor a un “hasta luego”. Cuando la verdad es que sabes que es un “hasta nunca”. Cuando uno sabe que no tiene de qué ni de quién despedirse, porque jamás existió, las cosas funcionan así.
Fueron tantas las mentiras que sólo pudo llamarlas “su verdad”. Y sigue viva y respira, como si la vida no supiera de verdades, engañándose en todo aquello que piensa que hará y jamás llevará a término. Sueños de las mentiras. No agotó mi paciencia, pero sí consiguió que la ubicase en el olvido. Es que uno también tiene que respirar. Vendrán más días, donde ya nadie estará, salvo el amor, el que nos salva a todos, a unos les ensancha las verdades y a otros les recuerda las mentiras, esto va así, la vela a Dios o al diablo…a los dos imposible! Suerte!!!
Sólo te deseo “señora” que todo lo que me pasó (a mí) contigo se lo encuentre en todos sus caminos, por muy sendero que sea…y así será, amén.
Peatón

