viernes, junio 29, 2007

LAGESTIÓN ( primera parte) (¡Manda Huevos!)

LA GESTIÓN
(Primera parte)
Sinceramente, en algo nos debimos equivocar los de la generación padres de los que tienen en la actualidad entre treinta y dos y treinta y ocho años. Vamos yendo por los derroteros de los términos coloquiales para que todo el mundo lo entienda, se explique y contraste opiniones.
La gestión en lo económico, en lo social, en lo político, y lo que más me interesa; en lo emocional. Pues si esto sigue tal y como va, pronto veremos, en clínicas privadas (se adelantan a todo), y después en la seguridad social; “Departamento de gestiones emocionales”. No, no existen, ahora lo que puedes encontrar es un niño o una niña recién licenciada en psicología (industrial y otras), que te pregunta “¿Qué adicción padeces?”.
-“señor doctor vengo para que me oriente en la gestión que supone el negocio de mi vida” (¡Manda huevos!)
-“¿Cuándo se dio cuenta que perdió las riendas de dicha gestión? – Contesta el de la bata blanca- La pregunta no es capciosa, es simplemente o curiosidad o que no sabe qué otra cosa preguntar. Pero, sigamos.
De familia con un poder adquisitivo “medio-alto”, al amparo de sus padres consigue finalizar la carrera. Al amparo de sus padres consigue su propia empresa o un puesto de trabajo de los llamados “liberal”. Y claro, el esfuerzo es tremendo; “es el niño o la niña de la casa”. Calificativos como “es tan listo”, “tan guapo”, “todo el mundo lo quiere”, “tiene tantos amigos”. Van marcando el perfil psicológico de una persona, que a través de su esfuerzo personal y la ayuda paternal cuando se encuentre en medio del mundo no sabrá qué hacer sin ese “colchón” que representa su familia. Es decir, las adversidades y contrariedades existen. Pero no sabe qué hacer con ellas. Lo máximo; acomodarse, sufrirlas y esperar que el tiempo las cure o las solucione.
Pero, nos metemos en política. Aquí es cuando descubrimos la madre del cordero. Repetiré algunas frases oídas hasta ahora. “A mi no me interesa si es de izquierda, de derecha o de centro, lo que me interesa es que haga una buena gestión, ¡que sepa gestionar!” El fantasma de la gestión aparece de nuevo. Es decir, lo importante es que el gobierno político lo lleven cuatro personas expertas en gestión y punto. ¿Cómo se puede reducir el pensamiento humano de esta manera? ¿Quién habrá sido el cabrón que ha logrado esto? Lo pregunto para felicitarle. Ha conseguido construir, que no crear, estúpidos en serie. Y además lo ha hecho bien. ¡Están convencidos!
Las libertades que defiende una postura política son las que hoy en día han conseguido (para los que no se acuerden) que en tu puta nómina tengas unos derechos, (omito decir Estado, pues a lo mejor les creo dolor de cabeza). Las libertades que defendía Hitler, por cierto, gestionaba muy bien; sobre todo los hornos crematorios, son otras. Pero claro quién se acuerda ya de esas cosas, nimias, sin importancia alguna, nada unos cuantos millones de personas menos en el mundo por una buena gestión. Si es con bombas pues qué más da. Pero qué bien gestionan los que las mandan tirar. Claro que mientras eso no me pase a mí. (¡Manda Huevos!) Y es que la culpa es de Papá, pues me creó un mundo perfecto que sólo existe en su imaginación.
Económicamente la gestión en los casos de estos niños es diferente. Nacen con una base que ya la quisieran otros, al menos sabrían valorarla de otra manera. Yo he visto pedir una herencia estando aún el padre vivo, y se la dio. El padre fue a parar a un geriátrico. Menos mal que las revoluciones siempre fueron “burguesas”. Seguro que fue de esta manera; “Como mis papis no me dan este capricho, pues nada, sublevo al personal y les digo que se revolucionen” “Lo mío es comer, follar, vivir lo mejor que pueda y que no me coman el coco” “¡Se va a acordar mi papi qué supone negarme este capricho!” ( y se dio la Revolución Francesa). Es esta gente ( niños/as) que lo primero que te dicen al verte es; “me he comprado un coche” y después se calla, claro está para que le preguntes; “¿Qué coche?” (¡Manda huevos!).
La gestión interna de las empresas. Estos no inventan nada. Se dedican a intentar mejorar lo ya existente, ¡así nos va! Si se te ocurre hablarles del “Bien Social”, te preguntan; ¿es un nuevo club? Mira por donde aún no me ha llegado invitación alguna. Ni se te ocurra mencionarles la sociedad del bien estar. Callados, hasta ahí puedo llegar, que dice un buen amigo mío. No sea que al niño/a le dé una depresión. Y llegamos al mundo de la consultoría. ( despacho o local donde trabaja el consultor, dice rae). Consultor; Que da su parecer, consultado sobre algún asunto. Persona experta en una materia sobre la que asesora profesionalmente. (¡Manda huevos!). Un vago que lo primero que te dice; “Esta empresa podría ir mejor, se ha dado cuenta que con mi programa (no me da la gana definir programa, que se lo pregunten a Anguita) podría ahorrarse un tercio del personal?” El empresario cándido, humilde, de ideas políticas basadas en la mejora de la gestión, ¡qué más da el partido político al que pertenezca!, abre los ojos como platillos y dice; repítame eso. Es decir todo es válido menos trabajar y pensar. Crear, inventar, producir ventanas nuevas ( windows, dirían ellos), salidas que mejorasen, un pelín, digo yo, el planeta, pues como que no. Le cobra un pastón al empresario por mejorarle la gestión y éste se frota las manos; no me importa pagar eso 150.000 si al final 40 van a la calle. Cómo suman estos HHPP. ¿nadie les enseñó a restar? A dividir..je, je, je.
La gestión de los sufridos; Lo que yo tengo sólo me lo debo a mí. De acuerdo, mis papis me pagaron la carrera, pero fui yo quien se presentó a exámenes. Fui yo quien renunció a 7 años de mi vida ( en los mejores de los casos) para conseguir todo lo que tengo, ¡amén! Son el resultado del fracaso de unos espermatozoides en una noche que la sobriedad brillaba por su ausencia.(¡Manda huevos!)

Seguire´ ………………pues siguen entre nosotros, y el tema no tiene desperdicio alguno.

Peatón

martes, junio 19, 2007

Sin rumbo fijo...

Desubicado y silencioso, pensando de qué parte del mundo había de aislarme para vivir mejor, decidí escribirme una frase sincera: que si mueres sin vivir, repites examen. Y conseguí mi primera sonrisa del día. En la puerta del día, a punto de traspasarla y los pensamientos continuaban. El día se anunciaba como una playa de arena blanca. En el paisaje incierto del fin del mundo de un día más, de un día menos.
Di el primer paso, de manera íntima, soñando de nuevo el tiempo. Reflexionando sobre ¿cómo invitar a los demás a pensar? ¿cómo olvidarme y regresar a los balcones de la observación? Pero el día pesa en estos tiempos de recesión amorosa, donde la riqueza del temperamento ha desaparecido. Y donde la profusión ha sido sustituida por la confusión. Ahora impera la barbarie del sufrimiento sin alma y su impotencia. Esa masa de gente que se hace la vida imposible. Personajes sin misterio alguno, de doble identidad, que en su ambigüedad acaban por difuminarse en un ambiente de irrealidad y absurdo. Abandonados a sus locuras, ocultos tras sus infinitas mentiras. Sometidos todos a esa puta e infernal escala de valores que ha creado el consumismo.
¡Cómo me cuesta, a veces, reconocerme entre esa gente! Son los que te exilian a la sala de igualdad de oportunidades, donde una tímida luz aún anuncia el anhelo utópico de la solidaridad humana. Donde aún enseñan a solidarizarte con quienes tienen la capacidad para abrir y ensanchar caminos. Donde resiste la firme voluntad de sobrevivir por parte de los desposeídos de la tierra de promisión, los parias de la vida. Salas que mantienen aún sus puertas abiertas.
Cuando me supe deportado y que la cárcel era la Tierra sentí escalofríos. Y con la sombra del castigo sobre mí, me pregunté; “¿qué delito habré cometido?”. En este cautiverio no hallé respuesta alguna. Entonces, en un intento conformista, llegué a la conclusión, de que tarde o temprano, mi alma regresaría a su originario mundo. Que el secreto consiste en saber que todos regresamos, lo queramos o no, al punto de origen donde nos juzgarán de nuevo. Y claro está, donde nos aclaren el delito. Mientras tanto hemos de encontrar, o al menos intentarlo, que la celda se asemeje a la satisfacción que da el perdón, con relación al delito y castigo. Aquí sólo existe un carcelario; la conciencia misma. Sólo de mí depende que los barrotes de esta jaula llamada vida, sean mágicos, liberen y sosieguen, o que sean tan de hierro y oxidados que asfixien y agobien. Pues lo quieras o no, el camino lo has de andar. Lo curioso de todo esto, es la sensación extraña de saberme inocente. Pues mis únicas armas siempre fueron la palabra y el buen sentido del humor. El lado positivo de la vida. Es lo que tiene descubrir los secretos de la vida antes de vivirla.
Me atrevo a dar el segundo paso del día. La situación es distinta, como quien estrena ropa nueva. Descubro que mi historia pudiera encajar en cualquier ciclo de la historia misma. Todo lo leo, ahora, con único lenguaje; la pasión. Y me someto a la disciplina del inmaduro. El que salta sobre las islas del tiempo de puntillas. Intento sosegarme recordando el primer amor, ¡qué ímpetu! Me calmo en el recuerdo de la sutil armonía de los amores adultos. Ensayo una escapada mortal en un intento de recuperar lo inalcanzable, pero no consigo moverme. La pasión va tomando cuerpo y me hace vivir el amor que sólo existe en mi mente. Me siento atrapado.
Sin ser consciente doy el tercer paso. Eco de sensaciones que no sé de dónde llegan; Es verdad, si no lo sientes, el amor no sale, no traspasa. Sin rumbo fijo, en la estación de trenes que viajan hacia la nada, me cuelgo de la poesía. La poesía es resistencia en una casa deshabitada llamada corazón. La única realidad íntima capaz aún de sorprenderme. Mi verdad, mi vida y mi muerte.
Me gusta trasladarme al ejercicio y práctica de ese deporte; la poesía. Me permite abrazarme a la danza de los olvidos. Y a través de la observación van naciendo los detalles del día. Mis tres pilares, mis tres pasos, Y todo sin rumbo fijo. Gente que va, gente que viene de y a ninguna parte. Otras vidas, casi humanas, que despiertan aún más mi curiosidad. Es cierto, con este deporte yo me olvido. Para evitar la rutina de la vida.
Y ahora me voy, no me preguntes ¿adónde? Por cierto, si regresa el dolor, dile que me he ido, sin rumbo fijo, pero que me fui. ¡Ah! Se me olvidaba, el secreto no está en parte ni lugar alguno. El secreto somos nosotros, cada uno de nosotros. ¿Nos desvelamos juntos? ¿O nos guardamos para la eternidad?

Peatón

martes, junio 12, 2007

Bailando con los recuerdos...

Hasta qué punto soy yo, personal y autónomo, cuando se disparan los recuerdos. Esas ideas incrustadas en la mente que surgen sin previo aviso. Esos pensamientos que me ubican como espectador en el escenario del mundo. Y los recuerdos bailan al compás de mi estado de ánimo.
Quiero cerrar los ojos, y aprender los pasos que separan la sinfonía y distancia que supone cada recuerdo. Dominar esos tiempos. La orquesta en su conjunto. Si yo pudiera elegir la música del viento de mis recuerdos, si yo pudiera. Todo sería Mozart, lo sé de cierto.
Aunque hoy tal vez necesite a Vivaldi en su concierto para flauta. Para no quedarme en ningún recuerdo y seguir volando, volando entre recuerdos.
Nunca nada te fue suficiente. Nunca osaste quemar la nave del regreso.
Y no te bastará con penetrar en una nueva conversación. Querrás escuchar sólo lo que te gusta. Querrás comprender sólo lo limitado. Cómo querrás decir para ser escuchada. Sólo lo que te lleve a sentirte feliz y satisfecha. Aprender y sentirte enseñada. Partir siempre de lo nuevo, olvidar lo viejo. Como en cualquier relación amorosa, si se diese el caso. Y de eso se trata precisamente el amor: de una eterna conversación.
Yo nunca quise un estado permanente de felicidad. Pero sí que creciéramos juntos. En el amor, claro está. En las otras cosas cada uno crece por su lado. Para encontrarnos en cada principio, en cada final. Esas cosas que nos unen, las que no nos separan. Yo he visto construir una familia a dos y acabar siendo la de casa de uno, para más tarde ser la casa de nadie.
Si cualquier engaño hizo que te sintieras más libre, a los ojos de los otros y a los tuyos, es que no estás con la persona adecuada y mucho menos con la soñada. Y debes tener el valor de decírtelo, de decírselo. No te acomodes en un inconformismo que tarde o temprano te pagará con la misma moneda; la deslealtad. Y puede que ni llegues a saberlo. Tu libertad no tiene precio. Yo he soñado tantas veces que me iba, que ahora ya no sabría cómo llegar. Pero, sigo pensando, no me cabe la menor duda, que el amor es cosa de dos.
En el amor siempre fue ayer, nunca hoy y suele comer mañana. No te niegues esa parte de felicidad que sabes que te toca. La que siempre soñaste, a la que nunca renunciaste a pesar de las circunstancias. El amor no entiende de tiempos. Puedes disfrazar tus días de olvido, de ocupaciones, de “a mi manera soy feliz”, pero la melodía verdadera del amor jamás te abandonará. Por muy sorda que te creas. Piensa que el que inventó todas estas cosas, tan sólo nos las prestó, tiempo incluido.
Yo nunca soñé el amor, cómo soñarme ( a mí mismo). Tal vez por eso siempre, y contigo, anduve perdido. A mi el amor se me tiene que decir, y no pretender que lo adivine. Pues sólo entiende de palabras libres, las que nunca se inventaron, y no de arbitrarias. El amor requiere que entre dos creen su propio tiempo y así superar una vida conjunta.
Bueno, ya me sabes, mis cosillas y yo, y el tormento, esa crueldad atroz, de haber nacido poeta. Me lo sigo preguntando; ¿Desde qué lugar me hablo cuando tú no estás? Qué belleza absoluta la del silencio sincero.

Peatón

P.D. Hoy me siento como ese hombre que nunca duerme.

miércoles, junio 06, 2007

Te dirán tantas cosas...

Te dirán…

Te dirán tantas cosas. Te dirán todo menos la verdad. Utilizarán su propia vida, si la tienen, para que te fijes sólo en lo malo. Sabrán decirte para consolarse ellos. Intentarán justificar sus acciones diciéndote. Y se servirán de tu desgracia.
Son los que sólo piensan en joder al próximo para justificar su jodida vida. Son los que siempre están iniciando algún proyecto nuevo que jamás acaban. Son los que no saben olvidarse. Los que huyen de cualquier manifestación de alegría, no sea que les arranque una sonrisa. Y no se permiten arruga alguna.
Te dirán y describirán la perfección por ver si la recuerdan. Te dirán lo que se debe hacer pero jamás lo que hacen. Te dirán lo que ellos quieren oír y no se atreven a menos que se encuentren delante de una desgracia que los supera.
Que hicieron todo lo que pudieron y más sin llegar nunca a hacer nada. Que se preocuparon por ti aunque no te llamaran. Que respetaron tu dolor. Que son tus amigos aunque nunca lo demuestren. Pero decir, te dirán. Te dirán tantas cosas.
Cuando lloré mi tristeza nadie me preguntó. Y ahora que sonrío todos me dicen; “¿qué te pasa?” Te dirán para saber de ti. Te dirán para dejar de envidiarte. Te dirán que al día le sigue la noche y no al revés. Que te quieren, sin atreverse a decir ¿qué te quieren?
Te dirán que debes disimular la alegría, que hay que ser moderado en los júbilos. Que nadie sepa de ti lo que tú no quieres que se sepa. Son los sutiles, los que esconden, los que roban vida. Los del vacío de la nada. El club de los empachados de sí mismos. Los insatisfechos perennes.
Los que no te perdonan una. Los que para llegar a una verdad necesitan un bosque de mentiras. Los de la cascada de la decepción infinita. Los que a través de ti necesitan conformarse a ellos mismos. Los de la lengua fácil que acomoda.
Te dirán de todo, menos de tu desgracia. Cómo les engrandece la desgracia ajena. Eso no me pasa a mí, suelen decir.
Sinceramente, cuando te encuentres con gente así, no te dejes decir.

Peatón

Un mundo que se sabe atemporal...

Los tiempos de nuestra vida. El tiempo consiste en las distancias entre los recuerdos, que a veces se ensanchan, que a veces se estrechan. El presente no es más que una inmensa brecha. Brecha que decoramos con las pinturas del pasado, en un intento de alcanzar un futuro inexistente. ¡Qué cierto es! La vida es minuto a minuto. El delirio de los momentos. Pero sin tus tiempos estás perdido. Eres pasado, presente y futuro.
Mi único y verdadero tiempo es la comunicación con los demás. Descubrir circunstancias que me lleven a parajes que tan sólo imaginé. Lugares indescriptibles. Sensaciones enormes. Y una multitud de presentes que unen y desunen. La vida de los otros son tiempos y mundos paralelos a la propia vida. Por lo tanto, cada uno de nosotros es un mundo. La sensación de sentirte en el fin del mundo solo, no es otra cosa que la soledad. Y la soledad es propia, jamás ajena.
Creo que muchos errores en la comunicación con los otros, nacen de ahí. No nos atrevemos a compartir mundo. Compartimos soledades, sentimientos, sufrimientos, alegrías (pocas), y miles de anécdotas que un día vivimos como mundo. Aunque suene triste escribirlo, sólo nuestro mundo contiene la verdad. Mi madre conocía mi mundo como nadie. Y lo conocía a través de mis reacciones. Nunca tuvo la necesidad de interiorizarme. Me sabía.
También es cierto que conocerse uno mismo, tal y como es, sin alguna dosis de olvido, puede llegar a ser trágico. Necesitamos de los demás para compartir cómo ocultamos nuestras verdades. Necesitamos mundos.
Cuando miras fijamente a los ojos de alguien, se sorprende. ¿Estará descubriendo lo que pienso? ¿Me sabrá? Pero en ciertas ocasiones es molesto mirar fijamente a los ojos. Como el que juega a las mentiras y se encuentra con una verdad que no le gusta.
Qué fácil es llegar al centro del corazón de una mujer y qué difícil quedarse en él. El mundo de la mujer es tan auténtico (hablo en general ) que el hombre siente miedo y se refugia en él como si de un niño se tratase. Sin la mujer el hombre no le encuentra sentido a las cosas, a su vida.
La vida está hecha de lo que vamos acumulando. Y yo me pregunto qué se necesita para que dos mundos, el del hombre y el de la mujer, se fusionen. Para que a su vez vayan creando más mundo. Si te niegas a tu mundo, te niegas la vida. Que siempre nos una el deseo de vivir.
Permitir que nuestras habitaciones personales se preñen de sol. No huir nunca de la verdad. Llenarte de palabras, de sentimientos profundos y de impulsos que ensanchen la vida. El camino, si existe, está dentro de cada uno de nosotros, no fuera.
Yo he visto describir el amor aconsejando una receta de cocina. También contemplé cómo se retiraba un mar para dar lugar a todas las formas del sufrimiento. Pero lloró tanto que creo su propio océano y aprendió a nadar entre lágrimas agridulces. Aprendió la vida, su mundo.
Dibújame un paisaje que me permita la proximidad entre nuestros mundos, de los colores no te preocupes, los descubriremos juntos. Que nuestros corazones canten la melodía del universo.
Yo sólo busqué un mundo, otro mundo, para fusionarlo con el mío…

Peatón

martes, junio 05, 2007

La fluidez entre el pasado y el presente (2)

Nadie me dijo nada...

Sentado sobre una de esas sillas andaluzas, las de la feria, pequeña, de colores chillones, madera y esparto. De esas sillas que decoran los tablados flamencos. Nadie supo nunca decirme cómo llegó esa silla a mi casa. Tenía delante un taburete alto, un vaso de cola-cao y montones de galletas. Y entre dos columnas de esas galletas, miraba fijamente a mi abuelo materno. Llevaba un traje marrón, como si fuera de “domingo”. Unos zapatos negros que jamás había visto antes. Reposaba con las manos cruzadas sobre su pecho, los ojos cerrados. Su cuerpo reposaba sobre una madera rectangular, color madera clara. Esperaba el ataúd, nadie me había dicho que falleció la noche anterior.
Intenté llamar su atención. Creí que dormía, eso sí, elegantemente. Comí de prisa, derramando un poco de cola-cao. Ni caso, no habría los ojos. Sorbí impetuosamente, sabía que le molestaba. Ni caso. Y poco a poco las columnas de galletas fueron desapareciendo. Y fue cuando observé que tenía los orificios nasales tapados con algodones blancos. El silencio se hizo presente. Me sabía solo y no llamé a nadie. Tampoco lo hubiera conseguido. A propósito derramé un poco más del líquido que ya se me hacía interminable. Ni caso. No se inmutaba. Al comprobar que no lograba mi objetivo; “¡despertarle!”, recordé una frase bíblica, una de esas que te enseñan cuando te preparan para la primera comunión. La pensé; ¡Levántate Lázaro! Y decidí intentarlo; “¡Levántate abuelo¡” Grité a pulmón abierto. Pero entonces me aterró la idea que lo hiciera, y salí volando hacia la puerta de la calle. Con tal mala suerte que tropecé con la silla., la cual a su vez, tropezó con el taburete. Y el vaso, aún con cola-cao y restos de galletas en su interior, salió disparado. Pero eso no fue lo peor. Todo fue a parar a las manos cruzadas de mi abuelo. Y allí se depositó. Fue lo último que vi. Corrí como un desesperado calle arriba. Corrí tanto que a mitad de camino vomité. Conseguí entonces mirar hacia atrás. No venía mi abuelo. Y me tranquilicé.
Pasó mucho tiempo antes que volviera a tomar cola-caco y galletas. Me conformé con la leche en polvo del Marshal. Y unas onzas de chocolate.
Unos años después, al recordar aquella escena, siempre pensé lo mismo. Muerto o no, le gustaba el cola-cao con galletas. Pasé noches sin dormir pensando en que podría volver y reclamarme porqué le había manchado su traje. Aprendí que el silencio de los muertos hay que respetarlos. Y más si te coge desayunando. Lo que nunca entendí es porqué a Jesús le funcionó la frase; ¡Levántate y anda¡ Y a mi no. Pero eso es otra historia.
Cuando florecen las inquietudes, algunas tristezas y se divisan agujeros negros en el vacío del día, suelo recordar esos instantes. Seguiré contando estas anécdotas por si a alguien le sirve. Para que la fluidez entre pasado y el presente nos ubique en lugares más alegres. Para que a través de aquellos con quienes hablamos, las diversas posibilidades de estar en el mundo nos sirvan para involucrarnos en la creación de un pasado servible y un futuro mejor.


Peatón

La fluidez entre el pasado y el presente ( I )

Observar es todo un arte…

Cuando era pequeño desarrollé un extraño sentido de la observación. El proceso de los “quehaceres”, de los gestos, de las historias. Lo que me llevó a una soledad relacionada con los hábitos y costumbres de los que me rodeaban. Por cierto, mi soledad nunca fue deseada. Yo necesito de la gente.
Ver a mi abuela en aquella diminuta cocina despellejando conejos, decapitando pollos y gallinas, y descuartizando peces, me hizo aprender el olor de la sangre. A medida que mi abuela progresaba en la preparación de esos platos, algunos decían que suculentos, los olores cambiaban. Y las formas de los fiambres, antes citados, se transformaban en bocados apetitosos. Pero, aún en la etapa de los olores, mi abuela cambiaba las expresiones de su carita.
Cuando iniciaba el ritual de la matanza, era una persona seria, casi severa. El paso del plato a la sartén le arrancaba un mohín que no me atrevo a llamar sonrisa. Pero, con el crujir, ruido milagroso, del aceite, a medida que iba tomando calor lo que cocinaba, le hacía abrir los ojos aún más, y mostrar sus dientes blancos. Era como si bailase, un pasito adelante, otro atrás, un movimiento de cadera, el brazo alzado, un giro a la derecha y aparecía un plato, donde iba depositando esos manjares.
Al comprobar su creación, ya acabada, era el preciso instante sin que nadie la viera, que sonreía en toda su plenitud. Cómo escondiendo un pensamiento feliz; “¡Esto está de rechupete!”. Para a continuación limpiar sus manos en el delantal, recuperar el aire serio, las formas, y ordenar; “¡Niños, a la mesa!” Nunca esperaba respuesta. Sabía que lo haríamos, el hambre motiva mucho.
Observar es todo un arte, sí señor. Como observar los gestos de mis hermanos, cuando mi madre, en un sábado lluvioso, nos reunía todos por la maña temprano, y se dedicaba a contarnos historias y sobre todo, qué seríamos cada uno de nosotros en un futuro.
Observar las caras de mis hermanos, esa expresión fija en las imágenes que iba creando mi madre era un espectáculo. Nos leía la película de la vida futura a cada uno de nosotros. Y se tomaba su tiempo. Temerosos y felices, inquietos y sosegados por el calor próximo de la madre, suspirábamos sin cesar. Y nos quejábamos; ¡Pero mamá que yo quería ser bombero!, ¡A callar! Nos respondía, tú serás abogado, etcétera. Mi madre lo contaba siempre todo con algo entres sus dedos, el pelo de alguno de mis hermanos, el dobladillo de las sábanas. Y la lluvia se detenía, quería también escuchar. Truenos y relámpagos nos hundían cada vez más en la cama y en el deleite de mi madre al vernos todos apiñados entre sus piernas.

Observar de tal manera me permitió aprender a escuchar. Y escuchar me dio el don de la comprensión para saber qué esconden las palabras. Qué hay detrás de las palabras. Oír lo que nunca se dice, la habilidad para contar la verdadera historia. Entender el pasado como fue. Pero ciertos relatos aportan más que simple información acerca del pasado, lo que la vida fluye en cualquier tiempo. Que no se trata del tiempo, pero sí de ese río llamado vida que nos ocupa a todos. Por ejemplo, a través de las palabras de mi abuela entendí la post guerra española. Y a través de las palabras de mis padres, que a veces, no te queda otra que callar.
Y eso me llevó a guardar el silencio de una historia que no quiero ni puedo olvidar; nuestra guerra civil. Recordar para no volver a cometer los mismos errores.

Peatón

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