Yo traté de entender, de explicarme el paso del tiempo, yo que nunca creí en el tiempo, pero, no lo conseguí. La nostalgia, la brutalidad, que me devuelven sin piedad, una y otra vez, al presente. Porque, sinceramente, es la piel la que recuerda. Yo sólo quise tranquilidad, esa paz que me llevara a comprender esta sociedad en la que vivo, y si me apuras, ¿por qué no? alcanzar un lugar donde tumbarme. No, no se trata de una amarga reflexión, y menos en esta vejez, ahora y siempre despistada. Se trata de una concepción del mundo. Pero, yo no conté con el azar y las ocurrencias del destino. A veces, no se lo digas a nadie, el azar da forma a lo real, y entonces, ¡estás perdido!
Como fueron las cosas, lo sabe el pasado. Y en este raro presente apenas si consigo articular esas circunstancias, sucesivas, que me ubican en este "hoy en día". En mí la visión optimista, siempre fue la norma. Eran mis tiempos, hoy mi vejez, buscando ese lugar que me supusiera un alivio, en esta vida mía. Y aquí me tienes en las cárceles de lo sedentario, yo que nací nómada. Y si vencí el tiempo es porque creí posible lo imposible. Los hechos hacen al hombre, la realidad no es un regalo, no, no lo es. Conseguí la parte más serena de mí mismo en las áreas neutrales, pero es imposible contentar a todos, y mucho menos, superar según qué afrentas. Viví la tormenta de las ideas permanentes, fui marinero de pensamientos y alcancé el naufragio en la estupidez.
Decía mi padre; "tengo diez hijos, y cada uno de ellos es un problema". Orfebre del crecimiento, piscólogo de la paciencia. Ausencia de mis mayores, la padezco, lo sé, y aún les debo alguna que otra disculpa. Porqué me mata no comprender esta melancolía inifinita del no haber sido.
Ningún amor se parece a otro, como ninguna noche se parece a otra noche, entonces, dime tú, si lo sabes, ¿a quién me parezco yo? Un permanente "ponerse en el lugar de los otros", eso, tal vez, fue mi vida. Mi mortal enemigo; el exceso. Y eso que algunos se mueren pensando que son los dueños del mundo y todos los demás sus invitados. En mi caso fue distinto, sigo pensando que me colé en esta vida. La sensación de "invitado" nunca la tuve, pero sí de extranjero allá donde me encontrase, por supuesto como emigrante, jamás como turista.
Los sueños desmedidos tienen consecuencias nefastas, ahora lo sé. Yo pertencía (creo aun pertenecer) al club de los que escuchan pacientemente, a los de la sensibilidad para lo inmediato, esos locos que se expresan en tonos coloquiales y cotidianos. Pero si la parte más serena de mí siempre fue la palabra. ¿Cómo se puede ser tan profundamente vulnerable al dolor ajeno y no tener en cuenta el propio?
Cómo añoro el placer de hacer, de decir, de escribir, de contar. Tener algo que decir es importante, y tener a quien decírselo, ni te cuento. Pero las áreas neutrales te convierten en espejo, y te aislan, y te conviertes en ese libro que todos consultan, de vez en cuando, pero que nadie (lo) comenta ni dice. Puede que la verdad sea inasequible a la mente humana, pero intentarla, es de hombre de buenas costumbres. No se puede jugar a representar lo que no se es, lo que no existe. Y si leer es muy serio, ¡imagínate escribir! Dicen que existe en el mundo una gran necesidad de soñar con algo más que la realidad. Sólo dos necesidades tuve en la vida; creer y ser creído, amar y ser amado.
Yo no creo que el tiempo sea el enemigo, depende de lo que hagamos, cada uno de nosotros, con nuestro tiempo. Corregir y mejorar a cada instante sabiéndonos parte de esa espiral inmensa; mundo y vida. Si el hastío nos da la noción del tiempo, la distracción nos la quita, así pues, aprendamos a distraernos. Lo bello no es sino dar con lo apropiado. Nos guste o no, el tiempo no es más que una noria que se limita a vernos pasar.
Debo abandonar pronto la idea de neutralidad o incluso la noria me ignorará. Ensancharé mi sentido del humor más allá de las orillas de mi soledad. Me resisto a creer que en este mundo no haya nadie que me comprenda. Me resisto a creer que cada persona sea una especie animal distinta.
Sigue siendo mi carácter mi camisa de fuerza, y va siendo hora de abandonar este manicomio que soy yo mismo. Yo sólo quise ese recuerdo, el de mi infancia, con vistas a la mar. Para que cuando cruzasen las aves agitasen sus alas al verme soñar. Mis edades y yo, una canción a lo lejos; a todos nos espera lo mismo. El universo mejorará como lo hacen los vinos, supongo.
Por cierto, ¿alguien sabría decirme cómo he llegado hasta aquí?
Juan Antonio