El día que me quise morir..
El día dejó de ser libre y se me adelantaba el pensamiento desde lo que quedaba de mi ser. Recordé mis "ayeres"; playas de pasión, pero la tierra ya no era de nadie. Nada había en mí, mira memoria, mira, una vez fuiste tú. ¡Qué inútil alegría! Ser y no servir. Y lo sabes, sabes que no existe regreso alguno, a parte alguna. Todo sucedía en el oleaje de la nada, en el paisaje de saberte soledoso y solo. Mi ser se negaba cualquier realidad a menos que fuera la última despedida, como una hoja vieja y muerta a merced de los vientos. Y a mí que me contaron que existe (supongo) un cielo azul y visible para todos. Cómo me gustaría dominar el olvido, ése mismo que nos lleva a la otra orilla. Llegaba una paz extraña, una resignación trágica, un conformismo fatídico que al mismo tiempo me hacía recordar todos mis esfuerzos, ahora ya, desmentidos.
Fue cuando por primera vez oí cantar a mi alma. No eres de aquí, no. Procedes de vientos desérticos, de los tiempos ícaros, de donde forjan esperanzas con base en las precariedades, esperanzas que llevan a los lugares más remotos de todos los universos conocidos del pensamiento. De donde brotan, puros, sentimientos sanos y futuros en aras de un mundo mejor. Mi alma, inquieta, temblaba y me seguía hablando. Eres todos los pasados infinitos, eres el que viaja entre las estrellas. Siempre en la línea, punto de inflexión, que divide azar y destino, eres la humanidad. Vienes de antes de todos los tiempos, habiendo perdido tu espacio en un paraíso olvidado, decidieron la velocidad eterna, sin presente, para todos nosotros. Perteneces a los que buscan desesperadamente, sin saberlo la mayoría, "tierra firme", donde un día, todos, podamos descansar.
En ese preciso momento el día se despejó y volvió a ser libre, dispersándose en todas las realidades: todos mis tiempos hasta hoy. Me indicaba el día que debía encontrar mi propia realidad. Que Dios aprieta pero no ahoga, que todos los caminos empiezan por uno mismo. Que sólo de uno mismo depende la vida, aunque sea lo único que tengas, a ti mismo. En paz y respeto con tu propio "yo". Que los amaneceres seguirán hasta el fin de todos los mundos.
¿Quién puede decir su propia vida? ¿Soy yo el que habla? Todos merecemos la dignidad ante la vida y la muerte. Unas gotas de lluvia, de pronto, golpean mi ventana, es la vida, mi vida, que de nuevo me llamaba, y tímidamente abrí la ventana. Y respiré, profundamente, respiré de nuevo la vida. Y el mar de mis ojos se limpió con las aguas del cielo.
Juan Antonio
P.D.
"¡Huye de mí o quédate a amarme
cuado por fin me he perdido!


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