Carta abierta a un amigo de la infancia
Desistí sobre saber o no la verdad hace mucho tiempo. La verdad de la vida también. Amigo mío sucede con la transparencia, que acontece sólo cuando lo superficial coincide con lo profundo. Penetrar en ciertos callejones es muy fácil, con el pasar el de tiempo llegas a descubrirlo, la salida no es otra cosa que la entrada. Pero sí creo que existen, a pesar mío, muchos callejones sin salida. Siempre he vivido de lo que soy, casi nunca de lo que tengo, o haya podido tener. En cierta manera, pensar y vivir así me ayudó bastante, sólo padecí ausencias de personas, jamás de cosas materiales. Y mi grado de valoración acerca de la amistad está en su justo sitio, además que creo que apruebo dicha materia (la amistad) con una nota más que aceptable. Existen lugares conceptuales, no visibles al ojo humano, pero sí que van de boca en boca, y una vez que te ubican ahí, estás perdido, cada boca te ubica en el lugar que a ella le conviene. Obviamente, y a ciertas edades, esas cosas no te afectan, pero en el transcurso de la vida existen momentos en que sí.
"¿Qué vamos a hacer con nosotros esta tarde, y al día siguiente, y en los próximos treinta años?” esto describe una crisis de aburrimiento. Te aseguro que cada día de mi vida, por lo menos hasta el presente que me ocupa es una aventura. El pueblo que me adopta es marinero, y sus gentes atracadores de turistas, el del bar, la discoteca, los restaurantes, souvenirs, pero de eso viven, y se han acostumbrado, cualquier momento les puede cambiar la vida. No hay nada más ficticio que un pueblo que vive del turismo. Pocos son los que, imagino que los primeros habitantes del lugar, siguen una tónica, una manera de vivir, que les evita el compromiso de esperar a que lleguen los turistas. Sus vidas siempre fueron las raíces de sus mayores, el pueblo lo construyeron ellos. La tradición, las costumbres, hábitos ancestrales que fueron mejorando con el tiempo, las fiestas comunes a todos, el sello de identidad que les une; el origen. Nunca erradiques tu pueblo de tu corazón, el de las buenas costumbres, el de los buenos recuerdos, esa familia unida que veías con ojos de infancia.
"El medio más sólido y dúctil de comunicar ideas y emociones" es hacerlo tal y como hablas con los amigos, sin omitir detalle alguno, y con una gran dosis de sinceridad. Observar, escuchar, conversar, discurrir por caminos que llevan a buen puerto. Anticiparte al tiempo. Y sentir una caricia en el alma cuando cuentas todo esto. De eso se trata, de nada más. De hecho después de contarlo pasas a otro recuerdo, y después a otro más, y así sucesivamente.
Permíteme una sonrisa, recordando un amor, nos dijimos que a las doce del mediodía, estuviéramos donde estuviéramos, cerraríamos los ojos y murmuraríamos esas palabras mágicas; “te amo”, pensando el uno en el otro. No existía momento más feliz y cómplice en mi vida que esa hora; las dos agujas del reloj hacia arriba. Si te llegabas a retrasar cualquier día, hasta te sentías mal, como si de una pequeña infidelidad se tratase. ¿Lo ves? ¡Qué poco se necesitaba para ser feliz! Recordamos esos detalles porque los añoramos, porque los necesitamos, somos esos otros que precisamente recordamos, sin las corazas del paso cruel del tiempo. Imagino que en esta película, la vida, a cada uno le toca un rol, un personaje que se ha ido moldeando con los años. Y yo que me negué a perder esa mirada, esa sonrisa, que me provocaba aquella niña cuando a los ojos me miraba.
Amigo mío, disculpa este torrente de emociones, me lo provoca nuestro origen común, nuestra ciudad mirando al mar. Y lo más curioso es que sólo recuerdo los momentos alegres, los otros ya no recuerdo si existieron o no. Vivir como se piensa, sí, pero, se piensa como se vive. No lo sé, ya no lo sé.
Gracias amigo, por tus bellas palabras.
Juan Antonio


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