jueves, abril 10, 2008

La tierra tiene límites, pero no el pensamiento.

Ya no sé qué hacer. Con toda esta gente que me rodea. Ya no sufro la extraña tristeza, ni pena alguna que me reconozca. No recuerdo mal alguno, ni siquiera porqué pasaron tantas cosas. Creo que sufro el agotamiento del guerrero. Y sé también que no me rindo, que no lo haré nunca. Yo soy el extraño de mí mismo, el viajero incansable de mis pensamientos. Y sigo de pie que es lo más importante. En un plano que se me hace insoportable.
He de buscarme una guerra donde no me reconozcan, donde el anonimato sea mucho antes de la muerte. Viajé por los laberintos de un pensamiento que llenaba la inmensidad de mis soledades. Es cierto, se vive y se vive, pero se acaba por volver a la tierra, esa tierra que somos nosotros mismos. Mis arrugas me lo confirman, como mi cabello blanco, que vinieron para quedarse. Orgullo contra orgullo, Ícaro contra Sísifo. Y la noria del tiempo con su arpegio eterno que me rompe los oídos.
Yo quise vivir densamente cerca de las personas, encontrándome gente-objetos. Yo aprendí en cada esquina del viento. Lo bueno, lo malo y sus contrarios. Lo que me altera la conciencia, lo que agita el corazón. Vampiros de sueños ajenos, cadáveres contra corriente. Frenopático de lujuria donde nacen los insatisfechos perennes. Reflexiones rotas adaptadas a circunstancias efímeras. La ignorancia entronada. Y como único devenir; la posible existencia de la realidad-ficción.
Mi única fuerza ha sido siempre la sonrisa ante el dolor. Lo supe siempre, debía seguir caminando, sonriendo, luchando. En el vagón del mito de Casandra. Esperando días mejores, adelantándome a los acontecimientos. Esquivando y padeciendo cada “muerte” que me saliera al paso. Cómo beber si no se tiene conciencia de la sed, cómo hacerlo. Cómo envidiar cuando el deseo se extingue. El arte de vivir consiste en saberte vivo, pero con eso no basta, los demás han de constatarlo también.
No renacen los pensamientos, amanecen. Lo digo yo que siempre me supe hijo de los vientos. Pero, qué no aprendo que la duda sigue intacta, qué no descubro que las puertas no se abren. Sobre mi mesa se dispersan las despedidas, y ahora busco, una vez más, de dónde irme. Qué o quién me prohíbe el regreso. Yo sé que el hambre atraviesa murallas, y que yo no tengo hambre, que yo soy hambre.
Y lejano duerme el paisaje que me pertenece, donde mis ojos podrán descansar. Se alejan de mi otoño los rayos de sol que iluminaron mis caminos. Pero aún quedo yo, el de siempre, viajero de mí mismo. No creí nunca en la suerte, el destino debió enfadarse por eso, y ahora me esconde los caminos. Pero aún quedo yo, el de siempre, viajero de mí mismo.
Elevo mis puños al cielo y clamo que me quiten la paciencia para poder regresar al tiempo que me pertenece por derecho propio, por haber nacido. Y si no me ve, si no me oye, yo seguiré andando caminos…

Peatón.

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