domingo, julio 08, 2007

De ideas simples y gustos complicados...

Cuando el amor se lamenta

Yo quería una criatura divina, es cierto. Pero dotada de razón, sí, también de intuición, asombro, sensibilidad, candor, pasión, recuerdos…Y sólo me permitieron el sueño. Y me regalaron el mito. El mito de una edad de oro en el seno de sus orígenes.
Llevaba inscrito en su propia sangre el respeto por la naturaleza. Había hecho de la alegría un lugar donde habitar, su casa, su santuario. Todavía no había sido domada, organizada, disciplinada, sometida. Sólo era pureza, inocencia, eclosión, impulso, frescor, espontaneidad. Era la naturaleza verdadera. Aún sin mancillar. No corrompida por la civilización, ni deformada por lo artificial. Andaba descalza, sintiendo la arena, oyendo las caracolas de la orillas del mar. Tierra virgen.
Aprendí los consejos del viento, demasiados tiempos olvidados. Mi único “delito” ha sido encontrarme en un lugar y en unos tiempos difíciles e inadecuados a mi naturaleza. Y si esto sigue así yo quiero una nueva civilización. Me dijeron que podía soñarla pero jamás alcanzarla. Pero cómo se adentra uno en la zona desconocida, cómo aprende uno a pisar en tierra virgen.
Las creencias funcionan aunque nadie crea ya. Le cuento La Navidad a mi hijo, sabe que no existe, pero oye lo mágico, se lo digo yo, cree en ese momento, sé que el cuento no existe, pero sí La Navidad, y lo importante es que mi hijo se deja decir. Se lo dice su padre. Y los dos sabemos que lo que nos une son las ganas de decirnos, aunque la creencia sea el pretexto. De lo simbólico a lo real, unidos por un abrazo.
Hubo una vez que tuve el orgullo herido, sabía de ese amor, sabía que debía encontrarlo, pero jamás supe que no lo encontraría. Y aprendí el atravesamiento de la fantasía. Pero nunca me dijeron que aún podía empezar desde cero. A veces me pregunto: “¿De quién soy yo?” Y la voz del interior me contesta que siempre soy de otro, que ya no pudo regresar a la playa de los juegos de infancia. Pero pienso seguir viviendo mirando horizontes nuevos. Mis actitudes hace tiempo que dejaron de ser defensivas.
Me dejo llevar por el movimiento de los deseos, la nave es la metáfora gigante de cómo estoy controlado por ese otro que siempre me contempla. Ese otro que una vez fui y que no me permiten alcanzar de nuevo. ¿Dónde estará lo real? En este mundo, en este mundo donde nos sentimos atrapados en una compulsión llamada insatisfacción. El hecho de que aquella historia de amor debía empezar en algún punto me impacientaba. ¿Qué hice mal? ¿Cuándo será el encuentro?
Porque si la creencia en ese amor perdura, porqué no tengo a quien contársela. Con quien compartirla. ¿Es esto el purgatorio? ¿Será el amor una gestión de los desamores? “La pureza vista de cerca provoca estertor; hay ejércitos pero no soldados, nadie puede responder a la pregunta quién soy. Es el tiempo de nadie, y por eso mi tiempo.”
Por eso yo pido ahora el amor. Con o sin pureza, pero mío. Acepto este tiempo. Pero que sea mío, mi tiempo. No más demora, no más creencias, sólo una realidad; un tiempo compartido. Mi patria, mi ejército, unos labios compartidos, unas lenguas trenzadas, el sonido de un corazón, aunque el tiempo, de vez en cuando, me recuerde que son dos. Dos los corazones que laten. Y un tiempo compartido.
No tenemos afán para ir a la raíces de nada, pero nos sobra tiempo para decorar las consecuencias. Esto no es un lamento, esto significa reclamar lo que una vez me fue prometido. Un tiempo donde las lamentaciones hacen crecer las flores del olvido.

Peatón

P.D. El amor anduvo siempre en harapos y en harapos sigue, el narcisismo insurreccional no atiende a razones, se privatiza hasta la sal de la tierra. Es un tiempo de luchas, que es mi tiempo.

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