Pingüinos en el desierto de tu cama
Pingüinos en el desierto de tu cama…
Las consecuencias amargas del desamor suelen estar confinadas a las reflexiones de los que las padecen. Desvelar tales reflexiones representa una iniciación en el camino de lo irreal de esa confrontación entre lo que pudo ser y no fue. Y es que esa frágil línea que divide el amor y el desamor siempre se me antojó demasiado estrecha.
Si olvidas que una vez oraste olvidas también que una vez amaste. Escrito está en mi alma, considerando que el punto de vista es generoso. Pero es cierto, mi espacio, hoy en día, es un lugar ya casi sólo habitado por el espíritu de los que se fueron.
Necesité el reguero de migas de afecto que me señalaban el camino de regreso. El regreso al tiempo de los amores. ¿Cómo no pude darme cuenta de nada? Y es que, a veces, lo que sirve de inspiración al artista es la huida. Yo que nunca supe si pequé por exceso o por defecto. Yo que nunca fui capaz de apagar pasiones ni de corresponder a las mismas, sino tan sólo de encenderlas.
En aquellos días ella nadaba en un mar azul de ilusiones, rumbo, supongo, a la isla de la dicha. La felicidad nunca fue su objetivo. Pero sí la tierra, la casa, motivada por un extraño tiempo que ella pensaba que se le escapaba. La contemplé como la extranjera, la vagabunda, la peregrina errante de todos los caminos. La amante de lo arriesgado.
Era un derroche del sentido del humor, y un poco de ingenio. Me ví en una atmósfera que sustentaba un ser extraordinario, amenazado siempre por la fragilidad emocional y la autodestrucción pasiva. Huyendo de todo, al encuentro de nada.
Por las agrietadas paredes de su desamor entreví aquella otra mujer que siempre fue. Aquella mujer tan cerca de todos y tan lejos de sí misma. El problema, ahora, consistía en llegar a lo más profundo de su corazón, evitando las heridas, en un intento de descubrir juntos el verdadero latido de la vida. De nuestras vidas.
Comprender y hacerle ver que existen otros lugares donde no sólo penetran las frías oscuridades sino también el sol de nuestras infancias. Cómo explicarle que su cama era un desierto donde el único oasis posible era ella misma.
Cuando la abracé me sentí como el poeta cuando crea un soneto, la creación gozosa de la incertidumbre. Yo que sólo era el que desordenaba, el que hacía memoria. El espejo donde no permitía que ninguna mujer se reflejase. El que intentaba prevenirla sobre los abismos de la soledad.
Cuando la amé ni siquiera llegué a alcanzarla. Iba tan rápida, tan veloz hacia su soledad, que ni tiempo me dejó para hablarle. Era una huida imposible, una insólita introspección, una identidad tan inasible como compleja. Y el desierto de su cama se había llenado de pingüinos.
El insignificante destino humano consiste en un momento. Que si sabemos aprovechar se convierte en toda una vida. En el desamor se necesita recuperar la memoria de lo que lo causó; esa es la salida.
Peatón


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