En este momento clave de mi gastada vida empiezo a creer en lo mágico, aún no me atrevo a decir en lo divino. Es hora de abandonar los silencios. Y me propongo hacerlo a través de la palabra. La vida consiste en “quehaceres diarios” acompañada de los propios pensamientos. Qué difícil es encontrar el equilibrio entre claridad y misterio, entre simpleza y transparencia.
Tengo la mirada reflexiva, distante de la realidad, como una forma de conciencia. Como un ángel caído que busca en los desvanes del tiempo. Asombrado, sorprendido y perplejo ante lo visible. Sobrio y sensorial como nunca, te ha hablo con la sencillez de quién sólo quiere vivir en la felicidad eterna del verano. Hombre de tiempo lento de mucho sosiego, algo distraído. Yo me voy del desierto de los excesos.
Reconozco, por fin, que parte de mi tristeza fue pretendida. Yo siento cómo ese amor mágico, el que tanto busqué, aún recorre mis venas. Amor por el territorio que habita el cuerpo, amor por los amigos y los placeres estéticos encontrados en mi recorrido vital. Yo me sé adicto a la belleza. Hubo una época en que me aficioné a ver atardeceres y amaneceres. Reflexionado sobre el tiempo y las flores, el ajedrez y porqué no, también sobre las coles.
Sin separarme nunca de mi mundo originario fui movedizo, fluctuante, nada constante. Amante de la flexibilidad como cuerpo y energía. Latente, discreto, como la marca leve del escéptico algo ausente de este mundo. Y es cierto que a veces me encallé en la misma orilla amorosa que analizaba. “Cada hombre es dos hombres: uno despierto en las tinieblas y el otro adormecido en la luz”.
Quise localizar el mínimo denominador común de la felicidad universal, pero sólo encontré conciencias apaciguadas, desterrados de la felicidad. Siempre he sabido que el poeta no tiene lugar propio. Me quiero ir del imperio de lo efímero. Donde el exceso y la continencia son ejes dominantes. Quiero, tal vez en algún otro lugar, otros poetas, ese lugar donde los amores existen para siempre, pero no desde siempre. Ese lugar donde sentir lo real lleno de significados ocultos y vivos. Donde la existencia se resuelva en clave de pasión amorosa.
Discúlpame este canto triste a la intensidad de lo vivido, a las cosas bellas del mundo, pero yo también necesito descubrir y llegar a mi lugar. Aquel edén tan irrecuperable como la infancia. Aquellos días, las sonrisas sinceras, las utopías, las tertulias entre las bisagras del orto y el ocaso, lo que no caduca nunca, lo que nos invita a regresar.
Un lugar, y entre besos y abrazos, dejarnos llevar. Pues ¿qué pervive para siempre? Sino el amor y sus circunstancias. Ese otro lugar, esa mano amiga, esa otra manera de vivir y crear, siendo siempre ese hombre de otro tiempo.
Aquí con la voz íntima y doliente, yo te digo, que tal vez en algún otro lugar, yo lo pueda encontrar. Mi última pregunta; ¿cuándo toca ser feliz?
Peatón
P.D. “Un optimista es el que piensa que este mundo es el mejor de todos los posibles; un pesimista es el que sospecha que el optimista tiene razón”.