Su recuerdo me besó el alma...
Y en ese momento llegó su recuerdo…
En un momento de cualquier día, de no sé qué año, ¡qué importa! Yo te recordé. Iba arrastrando mis pies, iba tras la vida que no se dejaba coger.
Recordando cómo nos supimos, cómo nos dejamos ver. Aquel abrazo, aquel “Tal vez”. Y los dos suspirándonos para que la vida lo permitiera, volvernos a ver.
Sabíamos del adiós, sabíamos del olvido, y de los encuentros que a ninguna parte van. Sabíamos de los destierros. Pero también conocimos nuestra verdad. Aquellos besos que expresaban nuestra ansiedad.
Nuestro el orto, nuestros los ocasos y aquellas despedidas eternas que nos mantenían vivos.
No quiero parar de caminar. No quiero. Si caminar es pensar, recordar, no olvidar, no quiero.
Que Diosito no me quite el movimiento, que el tiempo me permita siempre recordar, que yo siempre te vuelva a encontrar, aunque sólo sea en este caminar. Que sigamos andando juntos aunque sólo sea en las despedidas.
Hoy, absorto en el recuerdo espontáneo, yo le pido a la vida que siempre y de ti, yo me pueda despedir…
Que no nos envenene la nostalgia. Y que el futuro nunca sea la soledad.
Y aunque en el paseo sólo yo estaba conmigo, las señales de amor se acumulaban. Sin saberlo buscaba un sabio, bello e imposible método de existir, de existir sin ti. El silencio, a veces, era tan grande que percibía rumores de campanas que no tañen.
Debía protegerme del abandono, lo sabía. Debía continuar creyendo y sintiendo en el ansia de ir más allá de la línea del horizonte.
Sabía que para descubrir algo de mi laberíntica esencia tenía que dejar de pensar. Dejar de pensar y permitirme ser transportado por la purificadora marea humana que desborda los límites de cualquier silogismo reduccionista.
Recuperé el paso, uno tras otro, despacio, el pensamiento se alejaba, la realidad regresaba. Sólo fue un recuerdo. Un momento de amor. Sólo fueron sus labios que de nuevo acariciaron mi alma.
Y yo que dejaba de pensar….
Peatón


<< Home