Vocación de lejanías…
La poesía como vocación y destino. Pero si alguna vez sentí que mi corazón se partía, fue cuando descubrí las ausencias. Siempre pertenecí a mi pensamiento, y de manera visceral a ese chorro de luz que me obligaba a despejar espectros. Mis silencios, paraísos que sólo pertenecen al imaginario de la memoria. Silencios para ahuyentar esos recuerdos vagos de aburrimientos y disgustos.
Qué lejos me he ido sintiendo de todo a medida que cabalga sobre las crines de mi tiempo, ¡qué lejos! Del país de la conciencia al de “nunca jamás”, y después, después no recuerdo bien qué países visité. La memoria es así; selectiva. Fueron tantos los sueños que se quedaron en el camino.
No existió destino que antes no me besara los labios. Mi tiempo no quiso saber de horas y se refugió en los momentos, los profundos momentos del alma, a solas conmigo, con todos esos otros que dicen que fui, que soy y seré, a solas con la verdad del momento único. ¿Por qué me alejé tanto de mí mismo?
En el museo de mis fantasmas, donde todo tiende a alejarse de cada punto de encuentro. Hacia un infinito desconocido de oscuros laberintos. Cuando la densidad de la tristeza se acumula, cuando sabes que sufrir no lleva a lugar alguno, cuando eres el Montecristo de esa cárcel; la suerte no deseada. Respiras hondo, lo intentas, y llegas a dilucidar que en el final del túnel debe haber alguna luz para ti. Pero ya no te atreves a llamarla “esperanza”.
No hay sino pasar, pasar haciendo caminos….
Juan Antonio


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