Mi única nave es el olvido...
No te quedes, ni te sirvas de lo bueno, ni de lo malo que te haya podido pasar, si es necesario acude a tu soledad, o simplemente, déjate llevar. Porque no existe un plan “B”, no, no existe. Lo queramos o no, somos viajeros del mito de la eternidad. La perspectiva no es otra que la adquisición o pérdida de nuevos o viejos horizontes. Sólo tu lógica, tu lógica oculta, la de tu vida, te podrá devolver las sensaciones de tus lugares más ocultos, lugares donde sólo tú sabes llegar, tu hábitat genuino de “tus adentros”. Y ahí sólo tú mandas.
No existe un espejo en la vida que te refleje tanto como tu propia soledad. Y cómo nos cuesta, a veces, mirarnos en él. Si te embarcas para alejarte de los límites de la tierra, has de saber que la nave eres tú. Una nave a merced de los vientos. No conozco a nadie que haya sido capaz de escapar de los mares de la soledad. Ni en las altas, ni en las bajas presiones. Pero si decides “echarte al mar”, serás el náufrago de ti mismo. Y, ¡qué caprichosos son los vientos del destino!
En este atardecer, el de mis edades, ansío una isla. He aprendido, por fin, que sólo las mujeres pueden dar nombre a las cosas. ¿Será dios mujer? No, no se trata de canto de sirenas, esos sonidos pertenecen a la sinfonía del fin del mundo, allá lejos, donde el mar nunca acaba. Yo pienso mi isla, la prometida, la que no encuentro, la que ya no sé dónde, ni cómo buscar. La isla del tesoro de mis palabras. Donde las cosas tienen nombre, donde las cosas recuperan su libertad e identidad.
Quisiera que me llevaran los cielos, los mares, los vientos, pero la tierra aún me retiene, me quiere suyo, suyo y de nadie más. Me hace creer que soy un universo ilimitado, único, me hace creer en la vida. Se levanta el pensamiento con el calor de la aurora, aguardando una señal, y no se sosiega en espera de la conquista prometedora. La tierra y yo en un lazo fraternal que tarde o temprano se romperá. La tierra nos entrega, nos da, nos quita, nos hace olvidar que las caretas existen. Si yo me supiera subir al coro de la tierra yo podría cantar.
Mi vida es un tiempo que pasó y lo que ahora fluye, lo único que fluye, son los recuerdos, deseados o no. Soy el desertor de todos los tiempos habidos y por haber, el que ya no contempla ni se siente contemplado. Yo soy el olvidado. La nave de mis olvidos.
Peatón.

