El que pasa...
El que pasa…
El encantamiento emocional me anuló por completo. De eso hace mucho tiempo. Pero sigo igual dejándome llevar por esas emociones que satisfacen la pasión. Que te dan la vida. Tal vez en una huida que no contiene origen ni final. Tal vez en la burbuja que te aísla de todos lo demonios de este mundo. Anudando objetos con recuerdos, espacios con momentos. Esta es la incapacidad de un hombre para sentir y su ruta para encontrarse a sí mismo. El hombre que pasa en esa prodigiosa partida de ajedrez contra el tiempo y el espacio.
¿Qué nos obliga a replegarnos sobre nosotros mismos, qué nos empuja de nuevo hacia la vida? Intentar describir el mundo sería como intentar atrapar la luz. Y mientras nadie demuestre lo contrario somos inmortales. “El que viaja mucho se vuelve sabio y el sabio se queda en su casa”. Cuántas casas habitamos a lo largo de nuestra vida, cuántos personajes.
Que estoy de paso lo supe nada más nacer. Y aprendí que “todo está en todo, se diría que a merced de una corriente de flujos y circulaciones secretas”. Nunca me supe más que en mis reflexiones. Lejos de lo precario, de lo limitado, buscando una seguridad que sé que no existe, buscando la libertad de acción. Y yo que iba de paso sólo buscaba que el camino fuera grato.
Dicen que cuando la realidad es ingrata, mejor recrearla, y qué mejor que pensar en aquellos labios que besaron, con amor, los límites de mi corazón. No creo que seamos máquinas que necesitan contarse cuentos, somos los protagonistas del cuento.
Aquí de nuevo me tienes “doctorado en supervivencia”, maduro, desengañado y solitario, el que sólo puedo habitar en los límites de la vida. Pasando esta prueba con grandes honores y enormes humillaciones, sirviéndome de rituales que van de lo fecal a lo navideño y de lo masturbatorio a lo bíblico. Si yo me pudiera permitir viajar en el tiempo, si yo me lo pudiera permitir…
Pero aquí arrastrar el pasado hasta el presente es misión imposible. Son crepúsculos en los que aparece apagado ese futuro eterno que en el fondo es pura ficción. ¿Está ya cerca el fin del camino, el fin de la vida? Estas peripecias fueron amargas, tristes, que sólo con la máscara del sentido del humor pude aguantar. El humor tras la careta del payaso que ríe, que llora. Y también sé que debo abandonar este invierno de los descontentos.
Ese mundo cerrado e infinito que no necesita antecedentes ni prolongaciones, la búsqueda arqueológica del amor por los caminos difíciles.
“Manejarse con destreza en el oficio de vivir requiere disponer de las mejores herramientas, claridad en los destinos, precisa cartografía, para saber dónde estamos y brújula bien calibrada para llegar a donde queremos.”
En la ignorancia y la mentira jamás encontré felicidad alguna. Y las mentiras, bien lo sabemos, siempre se acaban descubriendo. A la larga, lo inexorables es la frustración. Yo tampoco sé que asegura la felicidad, pero sí sé que todo empieza en mí. Como también que todo se pagará aunque no haya descubierto mi destino.
El arte de sentir, de amar, de vivir, pero dime, dónde me buscas, dónde me quisiste ubicar, qué lugares más extraños son esos, y yo que sólo iba de paso.
Juan Antonio

