Desde la prudencia de una cierta distancia; silencios. Vivir y convivir en la certeza de un error que se declaró al principio de aquella relación. Hubo momentos buenos, no puedo negarlo. Pero saberse atrapado en un amor que sólo vive uno mismo, eso, eso no se lo deseo a nadie. Pues te limitas a vivir instantes que no llevan a parte alguna por muy placenteros que sean. Y el ruido de hojas secas es interminable.
Despliegas el manual de las excusas, reinventas las soledades, intentas comprender lo que jamás se dio. Y pasas al salón de las esperas. Donde los sonidos brillan por sus ausencias. Vives innumerables tormentas, intentando de nuevo y a cada momento un punto de encuentro. Pero las verdades, tienen eso; siempre acaban flotando. La verdad de lo que nunca amó, la verdad de eso otro que aún no comprende qué le pasó.
Repasas la virtudes, los refranes, los conjuros, los dichos, cualquier cita es buena, interpretas todos lo papeles de la obra; “el despecho”. Y acabas diciéndote; “no me lo puedo creer, me ha vuelto a pasar”. Y es entonces cuando descubres que lo que te atrapó es la impotencia de un engaño, una pura mentira, ni más ni menos, se valore como se valore, me da igual, con aspecto de inocencia. Pero la verdad es esa; “debes irte” y no sabes cómo.
Pero irte, ¿de qué? , ¿de dónde? Y optas por esperar, sabiendo que aquel sentimiento inicial jamás volverá. No sé, pero nunca me enseñaron a decorar la casa de los engaños, la de las mentiras, no tengo ni idea. Y es obvio que antes que nada debes ubicarte en el lugar que te ocupa par poder discernir, discurrir, y claro está decidir. ¡Qué fuerza la del engaño! Atrapa, duele, siente, sufre, miente, se vende, se justifica, acusa.
El olvido es uno de los mejores inventos con apariencia de excusa, que te sirve para saber esperar en el paso del tiempo. Porque eso es lo único que tenemos; dejar pasar el tiempo. Silencios, amnesia, ir al encuentro de otras casas, otras caras, otras manos, otros cuerpos, y sufrir en silencio un dolor que jamás esperaste de nuevo. Ahora sé el poder de la maldad, el poder de la mentira, ahora casi llego a comprender porqué se venden los cuerpos. Y llegas a una justificación, tan necia como necesaria; sólo amé yo. Y el cielo brilla infinito en un mar de incomprensiones y excusas.
Es entonces cuando el sentimiento desaparece, entonces y sólo entonces cuando lo asumes, debo irme. No hay mirada atrás, no, no la hay. No quieres ver lo que dejas. Ni tampoco lo que haya de llegar. Quieres irte para no volver jamás. Y en esa ida, todas las demás circunstancias que creíste válidas a lo largo de tu vida, te niegan la clarividencia.
La única y mejor justificación que encontré una vez, fue la siguiente; “es el amor de mi vida, pero no se dio”. Sigo pensándolo, no puedo dejar de hacerlo, el vacío de mis interiores debe explicarse por medio de la razón. Pero no lo consigo. Y ahora lo sé, alguna que otra vez, es aconsejable dar un puñetazo, no al aire, y reaccionar. Porque en definitiva, el proyecto de la vida sigues siendo tú mismo.
Peatón